Columna: Nobleza obliga

Consejos

3min
Nº2020 - al de Mayo de 2019
por Claudia Amengual

Así me lo contaron y así lo refiero. Dos amigos. Pongamos por nombres Juan y Pedro. Durante veinte años han compartido valores, gustos e ideas. Si en algo no concuerdan, discrepan con respeto. Los une el afecto. Cada tanto se juntan a tomar un café o van al cine con sus respectivas parejas. Juan llama a Pedro con frecuencia para contarle sus problemas y le pide consejo. Por alguna razón, confía en su criterio. Pedro siempre escucha ―incluso cuando el asunto es menor― y hace alguna sugerencia, es decir, regala su atención y su tiempo. 

Unas semanas atrás se repitió la escena. El problema era grave y Pedro entendió de inmediato que sería importante cualquier cosa que dijera. Así que reflexionó con cuidado y midió cada palabra. Dio a Juan su parecer y se atrevió a ofrecerle un consejo que incluía un mea culpa y algunas acciones imprescindibles, aunque dolorosas. Para su estupor, el rictus de Juan se endureció. Dijo a Pedro que no le gustaba el tono moralizante que había empleado y que no iba a seguir aguantando que le diera cátedra de vida. La tensión hizo insoportable la charla y se despidieron con aspereza. Desde entonces no han vuelto a hablar y, aunque Pedro lo ha llamado, Juan no le responde el teléfono. 

Pedro me lo contó perplejo. “Al final, uno acaba por volverse indiferente”, dijo. “Si no se mete, cobra porque no se mete. Y si se mete, cobra porque se mete. Ya bastante tengo con mis cosas y, encima, esto. No sé en qué me equivoqué. Me pidió un consejo y le di un consejo”. 

¿Qué es un consejo? Una opinión. Nada más que eso. Una opinión que busca orientar el proceder de otro hacia un rumbo determinado. Ahí se acaba el asunto. Después, que cada quien haga lo que quiera o pueda. Si el consejo es bienintencionado, no habría por qué sentir ningún tipo de fastidio. Y no estaría de más agradecerlo. 

Es cierto que hay consejeros compulsivos que resultan molestos. Tienen un tufillo de sabelotodo que puede tornarlos irritantes; más si intervienen cuando nadie los llama y opinan de lo que sea como oráculos frenéticos. Ese espíritu mesiánico que los alienta les da una confianza inmotivada y allá van blandiendo su pretendida sabiduría. Sus frases preferidas son “Hay que”, “Yo, en tu lugar” y “Deberías”. Justo cuando uno está haciendo malabares y se mantiene en pie apenas con la fuerza necesaria para no desplomarse, justo en ese momento vienen con su lección de superados y le dan el tiro de gracia a la voluntad maltrecha. Y ahí queda uno con el mismo problema, ahora acrecentado por una sensación de inutilidad devastadora. 

Pero lo de Pedro fue distinto. El pobre dio un consejo porque se lo pidieron. Si viene alguien a llorarnos la milonga y escuchamos sus cuitas con paciencia y hasta llegamos a sentir una aflicción parecida... Si nos convertimos en improvisado pañuelo y enjugamos sus lágrimas como si fueran nuestras… Si brindamos nuestro valioso tiempo y hacemos el esfuerzo por ponernos en los zapatos del que pena para empatizar con su sufrimiento… Si, incluso sin que nos importe demasiado ―aunque sea por piedad o por aburrimiento―, le decimos algo ingenioso que le aclare las ideas… Si eso sucede, digamos que uno merece, por lo menos, un pequeño agradecimiento. 

 Entonces puede acontecer lo imprevisible, esto es, que quien viene por un consejo y lo obtiene, en lugar de agradecer, se sienta defraudado o herido en su sensibilidad o subestimado por nosotros, los consejeros. El ofendido tendrá a bien recordarnos que nosotros también cargamos con nuestras miserias, que mejor haríamos en ocuparnos de ellas, y que nos abstengamos de dar órdenes ―una confusión bastante frecuente― porque carecemos de autoridad para andar marcando huella. No sería raro que recelara de nosotros ―que ahora conocemos demasiado sus flaquezas― y nos considerara un peligro. De amigos a enemigos en un pestañeo. 

Por todo lo dicho, quizá ―y me permito esta duda razonable― sea saludable abstenerse de dar consejos. A excepción de los hijos o en el ejercicio de la docencia ―dos ámbitos en los que podemos hacer valer la experiencia y el conocimiento sin lucir arrogantes―, no creo que valga la pena. Lo digo con tristeza. Sé que no es lo correcto y que una postura así suena egoísta, pero ya tengo suficiente con lo visto. Un camino intermedio podría ser la suave, delicada, casi imperceptible sugerencia que cada uno hace con sus propios actos y que resulta inspiradora para terceros sin que medien palabras y sin que tengamos que pasar por el ingrato trámite de pagar caro más tarde lo que dimos con buena fe en su momento. 

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.