Embajador de la Unión Europea, Karl-Otto König . Foto: Nicolás Der Agopián

“No hay un cronograma fijo para que entre en vigor, pero por experiencia sabemos que muy rápido sería dentro de tres años”, dice el embajador Karl-Otto König, y asegura que en Europa se “frenó el populismo”, lo que puede facilitar su ratificación

El acuerdo Unión Europea-Mercosur es un “game changer”

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Nº2029 - al de Julio de 2019
entrevista de Guillermo Draper

La entrevista con el embajador Karl-Otto König estaba acordada, pero nunca se concretaba. Primero se postergaba unas semanas. Después, por meses. Las negociaciones entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur avanzaban y el embajador no quería añadir ruido a unas conversaciones que llevaban 20 años y que, para sorpresa de muchos, parecían finalmente cerca de cristalizar.

El 28 de junio los dos bloques informaron que las negociaciones habían concluido y que ahora comenzaba el proceso de traducción del texto del acuerdo para su posterior firma y ratificación parlamentaria. “Por experiencia sabemos” que ese camino demorará como “muy rápido” tres años, dice König a Búsqueda, dos semanas después del anuncio y ya sin riesgo de afectar las negociaciones.

El embajador de la UE sostiene que el acuerdo alcanzado es un “punto de inflexión” en las relaciones birregionales y un “game changer” que provocará un aumento del intercambio comercial, en momentos en que crece el peso de China en la región. Es una “asociación geoestratégica”, resume.

König confía en que lograrán convencer a quienes dudan sobre el impacto que tendrá el acuerdo en las respectivas economías, aunque para eso necesitarán paciencia. Cree que los resultados de las últimas elecciones para el Parlamento Europeo les dan buenas posibilidades de lograr su ratificación. “Se frenó el populismo”, dice, y agrega que “tres cuartos” de los representantes electos “están a favor de la construcción europea”.

A continuación, un resumen de la entrevista que el embajador de la UE mantuvo con Búsqueda.

—Las negociaciones entre la Unión Europea y el Mercosur comenzaron en la década de 1990 y parecían interminables. ¿Qué cree que cambió para que se alcanzara un acuerdo?

—Primero, ya teníamos la experiencia de una larga negociación. Un día tenía que llegar el momento donde hay que decidir: vas a firmar o no. A ese punto nos acercamos en los últimos años, a partir del 2016, año a año, con cada ronda de negociación. Al final creo que fue un cambio de la postura de Brasil y Argentina, en el sentido de una posición más aperturista. Y también creo que el contexto internacional en el que tenemos un multilateralismo eficaz bajo presión ha ayudado. Nosotros también queríamos dar la señal, a nivel global, de que creemos en un comercio basado en reglas claras, firmes y transparentes. Además, teníamos varios acuerdos con la región, pero nos faltaba un acuerdo con el Mercosur, por lo que teníamos una red incompleta.

Es una señal a nivel birregional. Es un acuerdo importante que nos permite cooperar también a nivel global, porque lo que tenemos es más que un tratado comercial: es una asociación política, con una asociación geoestratégica. Porque este tratado tiene una parte institucional y otra de coordinación política y de cooperación. Y en tema de coordinación política tenemos todos los temas de este mundo, temas modernos, incluyendo la digitalización, el cambio climático, la deforestación, la cibercriminalidad. Eso permite coordinarnos y dar más peso a las dos regiones en el mundo y así tener una mayor influencia a escala global.

—Los dos bloques dieron por cerradas las negociaciones, pero todavía falta recorrer un camino largo antes de que entre en vigencia. En Francia, por ejemplo, hay voces críticas que se oponen a la ratificación del acuerdo por el impacto que puede tener en su economía. ¿Es posible que el proceso quede trunco?

—El ser humano tiene siempre una tendencia a buscar problemas en lugar de tener alegría por el gran logro que ha obtenido. Entiendo que haya preocupaciones por ambos lados, por eso tenemos que comunicar. Del lado europeo, la preocupación en algunos países es que llegaran ahora importaciones masivas y sin un control de seguridad, pero si analizamos lo que hasta ahora sabemos —soy diplomático y no técnico comercial—, lo que se acordó son cuotas razonables. El tratado, en principio, dice que garantizamos altos estándares de seguridad alimentaria en Europa. Por otro lado, tenemos cláusulas de salvaguardias, la cláusula de la Organización Mundial del Comercio (OMC), pero también bilaterales para ambos bloques. El acuerdo dice que si hay un incremento rapidísimo de las importaciones, es posible decir: “Ok, hacemos para este producto una excepción por hasta dos años, con la posibilidad de prolongarlo”. En cuanto a la preocupación por los derechos laborales, nos hemos comprometido a no usar este acuerdo para reducir salarios. Por el contrario, nosotros queremos más inversión y, al final, más puestos de trabajo y mejores salarios. Tenemos ejemplos de esto, ya que no es la primera vez que firmamos un tratado así. Hoy en día tenemos una red de tratados que alcanza a 77 países, y a mí no me llegó ningún caso de un socio que se haya quejado. Y si tomamos, por ejemplo, el caso de Ecuador, donde el tratado entró en vigor en enero de 2017, ¿qué observamos? Observamos un crecimiento de 23%, se crearon 22.000 puestos de trabajo nuevos, hay 200 productos ecuatorianos que por primera vez entraron en el mercado europeo y hay 450 empresas que ahora tienen por primera vez ingreso al mercado europeo.

Ahora tenemos que trabajar en comunicar, convencer y explicar. Para mí es algo muy positivo que en Francia, por ejemplo, el presidente Macron haya dado por bueno el acuerdo y el ministro de Economía lo haya defendido. Todavía es mucho el camino por delante, pero creo que vamos a tener este acuerdo. Necesitamos tiempo. No hay un cronograma fijo para que entre en vigor, pero por experiencia sabemos que muy rápido sería dentro de tres años. Ahora tenemos que revisar todo el texto, que tiene entre 200 o 300 páginas, y a eso se suman las obligaciones que se asumen, que son miles de páginas. Solo de revisión y traducción calculamos más o menos un año. Después, el tratado va al Consejo para la firma, del Consejo al Parlamento Europeo y después empieza la ratificación país por país.

—¿Las últimas elecciones del Parlamento Europeo dan una pista de cómo le puede ir al acuerdo?

—Se frenó el populismo. Lo que tenemos son tres cuartos de parlamentarios que están a favor de la construcción europea. Yo veo una mayoría a favor también de seguir con esta política de estructurar la globalización a través también de tratados de asociación.

—Uno de los riesgos en estos acuerdos son las asimetrías entre las economías. Una preocupación planteada por el PIT-CNT, por ejemplo.

—Es verdad que hay asimetría si hablamos de la Unión Europea entera en comparación con el Mercosur. Pero si miramos adentro, tenemos algunos socios menos fuertes, hay Estados que ganan un tercio del PBI del Uruguay. Si vemos el panorama global, nosotros aceptamos la asimetría en la liberación de tarifas y en el volumen, y aceptamos también una asimetría en la desgrabación de los productos: nosotros somos más rápidos, mientras que el Mercosur tiene más tiempo para adaptarse en productos que consideran sensibles. Con ese tiempo, es posible para una economía adaptarse a los cambios necesarios. He mencionado el caso de Ecuador, que le va bien. No somos alguien que ofrece condiciones para generar desigualdad, no queremos explotar. Nosotros queremos ofrecer oportunidad para crecer. También queremos una alianza a nivel político, que solo funciona si tratamos a nuestros socios como amigos.

—¿Este acuerdo puede ayudar a fortalecer la presencia europea en la región ante la llegada de otros países como China?

—Puedo hablar solo de nuestra presencia, que siempre ha sido fuerte. Si tomamos, por ejemplo, nuestra presencia en Uruguay, no conozco ningún actor global que tenga este despliegue: tenemos 10 embajadas, 10 colegios europeos —tres financiados enteramente—, 10 instituciones culturales, instituciones políticas y de cooperación, y más de 400 empresas europeas. Con este tratado tendremos más seguridad y nos permite planificar a largo plazo. Supongo que tendremos, en algunos años, después de la entrada en vigor, más empresas europeas acá y más intercambio de personas viajando, eso es lo que hemos observado también en otros países.

—También es cierto que el principal socio comercial de Uruguay es China y ahí la UE ha perdido un poco de espacio. ¿El acuerdo puede servir para revertir ese proceso?

—Sí, para mí es un punto de inflexión, un game changer. Tenemos que aceptar la competencia de China, pero nosotros tenemos que ver que somos, de lejos, el primer inversor en el país y en América Latina, y eso implica que a largo plazo vamos a tener más inversiones y más presencia empresarial. También entiendo que China es un país que está buscando especialmente alimentos y es un socio para la región. No tenemos nada con esa competencia si es justa y transparente.

—¿El acuerdo da transparencia y reglas claras?

—Sí, para nosotros es lo más importante: tener reglas claras, justas, transparentes, reglas que compartimos y valores que compartimos, y una estructura institucional que nos permite coordinarnos. El acuerdo prevé la creación de un consejo bilateral que va a reunirse bianualmente, y debajo tendremos una comisión que funcionará como una gerencia y después habrá subcomisiones, una para el comercio, y tendremos un foro para la sociedad civil. Entonces, es un proceso intenso de diálogo y coordinación, y eso va a dar resultados para acercarnos mucho más.

—La académica Diana Tussie dijo a Búsqueda que la Unión Europea “está pasando por una crisis de identidad, de la cual el Brexit es un síntoma muy fuerte”. ¿Comparte ese análisis?

—Hay muchas voces y no voy a comentar cada una. El Brexit todavía es una pregunta abierta y, personalmente, sentiría mucho la salida de nuestros amigos ingleses que tienen un peso político y económico. Veo a la UE en cuestiones fundamentales más unidas, porque tenemos una posición firme después de las negociaciones con el gobierno del Reino Unido, tenemos una posición firme en la defensa del multilateralismo eficaz y tenemos una posición firme sobre Rusia. En cuestiones fundamentales la Unión Europea está estable, pero hay problemas, tanto en la política exterior como en la interior con el populismo. El Brexit, a mi entender, fue una decisión que tenemos que aceptar, pero me pregunto si la gente de verdad decidió en base a informaciones serias. Y si analizamos el resultado de las elecciones europeas en el Reino Unido, los analistas se concentran en el Partido Brexit, de Nigel Farage, que tuvo un poco más del 30%, pero se olvidan de que los partidos proeuropeos representan más del 40%.

—¿No hay riesgos de que siga habiendo otras salidas?

—No lo veo. Porque el Brexit es un ejemplo negativo para los demás, que muestra que salir de una unión no solo da ventajas. Mucha gente tiene dudas de si favorecerá realmente a Inglaterra.

—En varios discursos usted dijo que la Unión Europea era la única softpower que quedaba en el mundo. ¿A qué se refiere?

—No somos una potencia militar, pero durante los últimos 10 años la Unión Europea creció en su relación exterior. Hoy tenemos 142 delegaciones en todo el mundo y a base del Tratado de Lisboa, una delegación tiene la tarea de coordinar la política exterior en un país. Tenemos misiones de paz y de seguridad en la vecindad, en África, en Europa Oriental, tenemos esta red de contratos comerciales en el mundo. Eso nos da un poder de formular estándares modernos, sociales, derechos laborales, normas técnicas, de ser una referencia. Por eso somos un softpower. ¿Quién es el motor detrás del Convenio de París en la lucha contra el cambio climático? Es la Unión Europea. ¿Quién fue el motor de la Agenda 2030? También la Unión Europea. En términos comerciales para países en desarrollo somos el mercado más abierto que, por ejemplo, Estados Unidos, Canadá, China y Japón juntos. Todos estos factores son ejemplos para nuestro papel de softpower, porque lo que queremos al final es llegar a estructuras de gobernanza global, porque hoy en día tenemos estas amenazas que afectan el planeta entero: cambio climático, pérdida de biodiversidad, terrorismo. Son temas para los que ningún país tiene respuesta nacional.

—Usted dice que la apuesta es al multilateralismo, pero los mecanismos establecidos como la OMC o las Naciones Unidas parecen no estar funcionando.

—No podría suscribirlo así. Observamos una disfuncionalidad, no es un sistema perfecto, pero tenemos todavía este sistema multilateral y, en el centro, el sistema de Naciones Unidas. Es verdad que el Consejo de Seguridad está bloqueado por el voto mayoritario y una parte de la disfuncionalidad viene del hecho de que fue construido después de la Segunda Guerra Mundial y no refleja la realidad de hoy. Hay una necesidad de reformar el sistema, eso es algo que compartimos con Uruguay. Es un sistema creado por gente con una sabiduría política que hoy, de vez en cuando, falta. Porque el nacionalismo no es la solución, es una respuesta fácil a problemas complejos.

Hay que reformar no solo el sistema de Naciones Unidas, sino también la OMC. Un mundo sin reglas internacionales para el comercio no funciona. Volvemos a la ley del más fuerte y esa ley nunca sirvió. Tenemos que cooperar. Destruir un sistema es fácil, pero para construirlo, lo hemos visto, necesitamos décadas.

—¿Estados Unidos, China o Rusia están jugando al más fuerte?

—China está buscando estructuras globales. Rusia con una política del estilo del siglo XIX, solo optando por un poder militar, no tendrá capacidades para solucionar los problemas de manera sustentable y en el largo plazo. Tenemos que hablar con nuestros amigos americanos. Pero de esta situación sacamos la conclusión de que tenemos que independizarnos, concentrarnos en nuestras fuerzas propias, pero para el bien de los demás, no para soluciones unilaterales.

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