El mundo de Shibuya

4min 9
Nº2011 - al de Marzo de 2019
por Andrés Danza

Hay un cruce de dos avenidas en Shibuya, un barrio de Tokio, que es como una caricatura de los tiempos actuales. Se trata del lugar más transitado de la capital japonesa, una de las más pobladas del mundo. Entre carteles gigantes, luces de neón y locales comerciales de todo tipo, circulan por día cerca de dos millones de peatones y cientos de miles de autos, ómnibus y motos. Alcanza con pararse en una de las esquinas y esperar a que el semáforo habilite el paso para flotar entre la marea humana, avanzando con los pies casi sin pisar el suelo.

Genera una sensación muy rara estar ante tal exceso de estímulos y de bullicio tecnológico y humano. Pasar una tarde allí es someterse a una experiencia desoladora. La oferta de rostros, luces, ruidos y colores es tan inmensa que, después de unos minutos, nada logra llamar la atención. Es inevitable terminar sintiéndose solo, insignificante y también insatisfecho ante tanto para ver y tan poco para interactuar.

Algo similar le debe ocurrir a las personas expuestas varias horas por día a Internet y a las redes sociales. En Uruguay, cerca del 90% cuenta con un teléfono inteligente y desde allí contribuye a crear y participa en un mundo similar al del curce de Shibuya.

No es fácil sobrevivir en ese mar tormentoso que cubre de olas y espuma hasta los detalles más superfluos de la vida cotidiana. Mucho menos poder trasmitir a muchos un mensaje sin ahogarse en el intento. Será por eso que cada vez se escuchan gritos más fuertes y todo se llena de adjetivos, de adornos innecesarios y de tonterías. Esa parece ser la única forma de llamar la atención.

Lo mismo ocurre a nivel político y más en un año de campaña electoral. Los postulantes se llenan de asesores y construyen toda una parafernalia como forma de ser registrados. Los gobernantes acuden a la infraestructura estatal para montar un gran escenario al que dirigen todos los focos y se pasean sobre él con dudosa elocuencia. Los publicistas exageran, los politólogos y encuestadores arriesgan más de lo necesario y los periodistas corren sin demasiado rumbo. Por supuesto que hay excepciones en todos los rubros, pero así es el panorama general.

En lo que casi nadie repara es en que, después de un tiempo, el exceso cansa y fastidia. En momentos de abundancia de información y de estímulos, es la simpleza la que puede generar un respiro para poder decidir entre propuestas diferentes. Muchos votantes sienten como una especie de resaca de tanto bombardeo. Necesitan hidratarse y para eso no hay nada mejor que algo sencillo y primitivo, como el agua.

El problema es que casi nadie se la ofrece. Los que se exponen al juicio de la opinión pública prefieren sumar cada vez más especialistas que les digan qué es lo que tienen que hacer para mostrarse como no son. El objetivo es esquivar la crítica a como dé lugar y tomar las decisiones con base en lo que mandan las encuestas. No hay sorpresa ni locuras.

Y capaz que ahí también está el error. Es posible que los mejores resultados lleguen con una apuesta a la verdad y a la intuición como principal consejera. La intuición: esa fuente de conocimiento fundamental que permanece tan ausente en estos tiempos. Los grandes caudillos de la historia y los contemporáneos sí recurren a ella. Podrán tener más o menos consejeros a su alrededor, pero deciden lo que huelen necesario y no tienen miedo de hacerle caso a sus mentes, sus corazones o sus tripas. La gente los sigue porque los entiende y porque les cree. Ahí está el secreto.

Pero para eso hay que dar el paso. Es a los dirigentes políticos que compiten por la Presidencia —algunos por primera vez— a los que les corresponde. No lo han hecho porque seguramente creen que el riesgo es o parece ser demasiado alto. Es preferible tratar de tener controlados todos los detalles antes que descolgarse el paracaídas, razonan.

Lo contradictorio es que algunos saben mucho de intuición y liderazgo. No fue mala, por ejemplo, la forma en la que Tabaré Vázquez pronunció su discurso al hacer la Rendición de Cuentas de su gobierno en el Antel Arena. Por momentos mostró el carisma que lo transformó dos veces en presidente, pero el problema fue el lugar elegido y el contenido de la oratoria. No era necesario recurrir a medias verdades, que solo sirven para que aplaudan los que ya están convencidos. Es probable que otra hubiera sido la evaluación de la población en general si los fracasos también hubieran estado en el menú. De forma directa y creíble, asumiendo la realidad y sin peros.

Lo mismo ocurre con un episodio reciente en el Partido Nacional. Un exjerarca del gobierno blanco encabezado por Luis Alberto Lacalle en la década de los noventa se manifestó a favor de eliminar los Consejos de Salarios, lo que generó todo un revuelo político. Tanto el Directorio blanco como los principales precandidatos optaron entonces por descartar de plano esa posibilidad en público. La enterraron. Ni velorio le hicieron y eso tampoco es creíble. Capaz que era mejor exponer un poco más cuáles son los discrepancias importantes que tienen con la forma en la que ahora se aplica ese mecanismo y no optar por lo políticamente correcto.

Esos son solo dos casos, pero la lista es mucho más larga. ¿O acaso hay alguien diciendo lo que verdaderamente piensa sobre el sistema de seguridad social y su cada vez más cercana debacle? ¿Y quién se muestra transparente a la hora de hablar de los funcionarios públicos o de los sindicatos? ¿Cuántas opiniones de los competidores presidenciales logran ser removedoras o generan verdadero revuelo? ¿Las hay? ¿Las habrá o las evitarán durante todo el año?

Ese es el desafío: que el me gusta tan popular en las redes no le gane la pulseada al me convence o al le creo. Sobran ejemplos en el mundo de personas que lo entendieron y lograron llegar a sus objetivos por elegir el camino más sincero y no uno lleno de recovecos, con supuestos gurús que pretenden llevarlos de la mano.

Uno de ellos, en otro rubro, es el cineasta norteamericano Woody Allen, al que nadie discute como referente artístico, más allá de su vida personal. “No conozco la clave del éxito, pero la clave del fracaso es complacer a todo el mundo”, dijo alguna vez. He aquí un buen resumen, en una sola frase, de todo lo anterior: el inevitable fracaso de solo hacer y decir lo que impone el resto.

✔️ Un final a la francesa

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.