El pequeño gruñón

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Nº2007 - al de Febrero de 2019
por Andrés Danza

Uruguay está construido en la queja. Así ha sido a lo largo de toda su historia. Los brasileros se quejaban de los argentinos y los argentinos de los brasileros y ambos reclamaban para ellos la banda oriental del río Uruguay, hasta que llegó el diplomático inglés Lord Ponsonby con una solución salomónica: crear un Estado en el medio de los dos países como forma de apaciguar el diferendo y mantener la zona más accesible y neutral. En forma esquemática, se puede concluir que un país que nunca se imaginó como tal fue impuesto entonces por el imperio del momento, de la misma forma que ocurrió con Bélgica en Europa.

Después vinieron las guerras civiles, los blancos que se quejaban de los colorados, los colorados de los blancos, los masones de la Iglesia y la Iglesia de los masones. También se quejaban los pocos habitantes del campo de los doctores de las ciudades y los citadinos de la falta de cultura de los pobladores de las verdes praderas. Eran apenas unos cientos de miles los orientales, sin catástrofes naturales, con alimento de sobra y poco trabajo. Tenían más tiempo y quizás eso haya incidido en la formación del valle de lamentos en el que se transformó una nación que antes ni siquiera existía.

Con las décadas, los nuevos uruguayos pasaron a ser defensores de su patria pero nunca con un excesivo sentido de unión con los demás ciudadanos. Muy por el contrario, todo fue fragmentado. El país, más pequeño que la mayoría de las provincias argentinas o estados brasileños, se dividió en 19 departamentos, cada uno de ellos con su intendencia, junta departamental y otra cantidad de organismos públicos. El gobierno central se instaló en la capital y Montevideo se distanció del interior. Y, otra vez, los unos se quejaban de los otros. Por tener más o menos disposición al trabajo, por seguir a uno u otro partido político, por estar demasiado pendiente de los extranjeros o de los locales, todo era una excusa suficiente para cuestionar a los demás y generar nuevas divisiones.

Un ejemplo por fuera de lo político de esa dificultad para unirse fue lo que ocurrió con el fútbol dentro de la primera mitad del siglo XX, cuando surgieron la mayoría de los clubes. Más de cien equipos fueron creados solo en Montevideo y casi la mitad terminaron compitiendo en ligas profesionales. Todos querían tener su camiseta, su bandera y su estadio, aunque no tuvieran cómo llenarlo. Claro, después llegaron las quejas por falta de presupuesto, de socios, por las tribunas vacías y el fútbol pasó a ocupar los primeros lugares en el ranking de los lamentos orientales.

Y eso quedó como parte fundamental de la idiosincrasia uruguaya. Casi todos se quejan y son muy pocos los que hacen en silencio. Se quejan los operadores turísticos porque la temporada no es buena, lo sea o no lo sea. Los productores agropecuarios también se quejan, algunos con razón y otros sin demasiados argumentos. Y también protestan los sindicalistas y los funcionarios públicos y los profesionales universitarios y los políticos, unos maestros en la materia. La oposición se queja del gobierno y el gobierno de la oposición. En las redes sociales, en los medios masivos de comunicación, en todos lados. Y se dividen. Y se subdividen. Y se subsubdividen. Siempre tienen a mano un pero. O varios seguidos.

La oposición no logra mostrarse unida y tampoco el Frente Amplio. Los astoristas se quejan de que los comunistas no los dejan hacer nada y los tupamaros de que los socialistas solo se dedican a colocar personas en el poder. Los colorados de las nuevas generaciones reniegan de los más veteranos y los blancos son expertos en mostrar en público la disconformidad entre sus correligionarios. Pero también se quejan los blancos de los colorados y los independientes del Partido de la Gente y la Unión Popular de los supuestos traidores que todavía permanecen en el Frente Amplio.

Basta dedicar una hora a un recorrido por los principales medios de comunicación para registrar que la mayoría de las noticias que se difunden tienen relación con quejas. El tono suele ser destructivo y lo que sobrevuela es un disconformismo todopoderoso. Nada es suficiente, nada es acertado. Si alguien dice blanco o negro es porque no tiene en cuenta los matices y si se detiene en los grises es porque es un tibio. Lo que manda es la crítica.

Este año —ya corren los tiempos en los que la campaña adquiere toda su dimensión y se despliega como un telón que cubre el horizonte— debería ser el momento para buscar la forma de alejarse de la cultura del fastidio reinante. Sobre eso tendría que centrarse el debate.

Pero no. Son muy pocos los que abandonan el camino de la queja o muestran intenciones de hacerlo. Los hay, y algunos con posibilidades ciertas de transformarse en presidentes, pero para eso tienen que atravesar una especie de túnel oscuro que es el que construye el inconformismo generalizado.

Para poner un solo ejemplo de los últimos días, cuando surgen denuncias contra el hijo del presidente Tabaré Vázquez, lo primero que hace el secretario de la Presidencia, Miguel Ángel Toma, es quejarse de una supuesta “operación cruel e infundada” para perjudicar al gobierno. Poco dice del tema de fondo. Sí escribe, con un lenguaje jurídico por momentos confuso y repetitivo, sobre los errores que percibe en los demás. Y no es la primera vez que lo hace. Desde que se desempeña en el cargo, la mayoría de sus apariciones públicas han sido para quejarse.

También algunos de los opositores proponen poco y critican mucho. Si se revisan las cuentas en las redes sociales de los postulantes presidenciales de los partidos más jóvenes, que se presentan como defensores de una nueva forma de hacer política, lo que se encuentra es una larga lista de quejas.

Quizá eso explique algunos de los problemas actuales. Porque prácticamente no hay políticas de Estado en las últimas décadas, ni siquiera en relaciones exteriores, seguridad o educación, y eso debería ser un llamado de atención importante. Ni dentro de los partidos se logran denominadores comunes en esos temas cruciales.

Y esa es mi principal queja. Para poder empezar a cambiar en serio y que la casi segura ausencia de mayorías parlamentarias en el próximo gobierno disuelva, al menos en parte, el clima confrontativo reinante, sería necesario un cambio de ADN. Ese que nunca se logró en educación. Ese que todos prometen pero nadie hace. Porque todo lo demás llegará más fácil si la mayoría de los uruguayos logran aplastar al pequeño gruñón que llevan dentro.

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