Entrevista a Leila Guerriero: su nuevo libro sobre el excéntrico pianista argentino Bruno Gelber, los vicios del periodismo y la dependencia de las redes sociales

“El valor de mis entrevistas puede venir de la relación que se crea con el entrevistado”

13min 2
Nº2028 - al de Julio de 2019
Por Florencia Pujadas

Leila Guerriero es la artista de las descripciones. En sus artículos, libros y hasta columnas de opinión se reproducen climas, gestos, expresiones y detalles con una presión literal. Tal vez, hasta con un esmero obsesivo. Y más que narraciones, los párrafos escritos por esta escritora —y referente del periodismo narrativo latinoamericano— parecen escenas capturadas con una cámara fotográfica. “Me preocupo. Necesito que sean visuales. Trato de no recorrer siempre la misma veta, de no hacer siempre el mismo truco”, cuenta a galería desde su apartamento en Buenos Aires. Nunca toma anotaciones en la casa de los entrevistados. En cambio, sí se detiene unos minutos para capturar en su grabador los detalles que le resultaron atractivos. O aprovecha el recorrido del subte para registrar las reflexiones que luego traslada al papel. También tiene un mecanismo similar con las columnas de opinión que publica en el El País de Madrid. “Los temas que vienen de un lugar más íntimo surgen de cosas íntimas. Un día estoy cocinando un dulce de tomate y recuerdo una llamada. Otro día estoy andando en bicicleta y pasa tal cosa”, dice.

Seguramente por esta razón, la cronista, de 52 años, prefiere trabajar como freelance y escribir largas narraciones en libros sin fecha de entrega. “Siento una presión con la que no soy capaz de lidiar si firmo un contrato”, admite. Así, y con la idea de hacer un artículo, trabajó un año en la biografía del excéntrico músico argentino Bruno Gelber, que luego se transformó en el libro Opus Gelber: Retrato de un pianista.

A los 78 años, Gelber es considerado uno de los cien mejores pianistas del siglo XX. Con un talento indiscutible, y una estética andrógina, estuvo en más de 5.000 conciertos en 54 países. Nació en Buenos Aires, estudió piano en París, su debut internacional fue en un concierto en Munich definido como “casi un milagro” por el crítico Joachim Kaiser y pasó gran parte de su carrera entre París y Mónaco. Hace seis años regresó a un apartamento decorado con un estilo clásico en Buenos Aires. Es un gran contador de historias. Y tiene una personalidad compleja, misteriosa. Un tanto seductora. 

Después de la publicación de Los suicidas del fin del mundo, Frutos extraños, Una historia sencilla, Zona de obras y Plano americano, este retrato de Guerriero mezcla el discurso habitual del músico —con anécdotas reiteradas por décadas— con continuas reflexiones. También deja ver el vínculo estrecho —incluso íntimo— que construyó con Gelber, quien la llama “Maravilla” o le escribe de madrugada para decirle “te quiero”. Es que antes de la publicación pasaron meses de entrevistas, tardes de té y cenas con figuras públicas en el departamento del protagonista, en el barrio porteño de Once.

En el libro contás que Bruno Gelber es la mayor composición del músico y que nadie puede descifrarlo. ¿Sentís que conociste al hombre detrás del personaje?

Creo que sí, pero Bruno es una persona sumamente compleja y esa complejidad hace que sea muy difícil acceder a determinados lugares. En este sentido creo que el libro es una declaración de humildad porque todo el tiempo se pregunta cómo será cuando está solo. ¿Lo conozco? ¿No lo conozco? ¿Sé quién es? Él me pregunta todo el tiempo qué cosas quiero saber de él y es inquietante. Cuando alguien te pregunta eso, de alguna manera es como que te está diciendo: “Hay cosas que no me preguntaste”. O que no sabés, no te ha contado. Creo que lo conocí mucho, muchísimo. Y también es una persona reservada, crítica. A pesar de que es muy expansivo.

La descripción de su casa, con muebles y recuerdos antiguos, delata que se siente parte de otra época.

Él dice que cree que es un hombre del siglo XIX que simula muy bien estar en el XXI. Y para decir eso tenés que tener un conocimiento de vos mismo enorme. Muy pocas personas de las que conozco, yo incluida, serían capaces de hacer una definición tan exacta de sí mismas. Él tiene una consciencia absoluta de ser una persona que está al tanto de todo, pero que pertenece a otro momento. Tiene otros gustos, costumbres. Disimula y se adapta. Bruno no es otra cosa que una gran voluntad que se adapta, como a los desastres físicos (sufrió la polio) que le pasaron.

¿Tú tampoco tenés una definición tan clara de quién sos?

Yo podría decir que soy una persona que escribe, que es algo bastante menos asertivo y menos lleno de matices y de autocrítica.

¿Te definís a través de la escritura?

Por supuesto. Yo soy, sobre todo, una persona que escribe. Lo demás es desprendimiento, causa y consecuencia de eso. Ese es el centro de todo.

El libro recopila entrevistas a Gelber que están repletas de lugares comunes. ¿Cómo te sentías cuando ibas a su casa y escuchabas una y otra vez las historias que ya había contado?

Claro. ¿Qué nos pasa a los periodistas cuando no aparece lo distinto? ¿O cuando aparece lo interesante, pero no lo distinto? Contaba muchas cosas interesantes. En la primera entrevista me fui muy frustrada y preocupada porque me preguntaba si había algo ahí. Pero no iba con la idea de hacer un libro, era para un artículo y eso le quitó gravedad a la cuestión. Si yo hubiera ido con la idea de hacer un libro, hubiera sido más complicado. Con el tiempo sentí dos cosas: primero, que fui llegando a lugares genuinos y que no eran los que Bruno solía mencionar en su discurso más o menos armado. Y segundo, aun en la reiteración iba arrojando hechos interesantes. Ese desnudarse de a poco se ponía en evidencia. Por otra parte, demostraba que Bruno es y sigue siendo una especie de contador de experiencias, a veces banales, que conmueven a un auditorio. Y eso no es otra cosa que un show de interpretación. Él es su propia partitura.

Mantuvieron un vínculo cercano por meses. Te mandaba mensajes a las cuatro de la mañana y te llegó a decir “te quiero”. ¿Te planteaste cómo manejar la relación?

La manejé como pude. Nadie tiene una fórmula para lidiar con una cosa así. Bruno estuvo todo el tiempo traccionando de alguna manera hacia su territorio y yo traté de mantener ese delicadísimo equilibrio. Tratando de no responder de esa manera con una afectuosidad más íntima. Pero por supuesto que se crea una corriente de intimidad y afecto cuando estás viendo a una persona tanto tiempo. Yo creo que lo que me pasaba con Bruno era un grado de magnetismo que al principio te resulta inexplicable y cuando lo sentís en carne propia, sos capaz de dejar todo para atender una llamada de él. Yo tenía un trabajo que hacer; no es que iba a comer o feliz a conversar. Iba convocada para hacer más y más entrevistas, pero él juega. Es un gran controlador.

¿En qué momento dijiste “basta de entrevistas”?

El proceso de entrevistas fue muy intenso y Bruno es una persona muy demandante. Yo viajo mucho. El período en que estaba en Buenos Aires entre un viaje y otro él me llamaba para ir a cenar, tomar el té, ir a conciertos, conocer a tal y entrevistarlo. En este proceso, que era muy rico, era difícil encontrar tiempo para todo lo que veía reposara. Tuve claro desde el principio, en la tercera o cuarta entrevista, que iba a ser un libro. Y la única manera de escribirlo era con él fuera de Buenos Aires. En la última entrevista que hicimos, él estaba hermoso, muy relajado, era diciembre, estaba yéndose de Buenos Aires y me di cuenta de que era la última. Me lo quedé mirando desde abajo y me lo imaginé a Bruno arriba como despidiéndome desde la vereda del año que había pasado como entrevistadora. Sabía que ahí había algo de esa relación que se iba a terminar. Después, cuando subí, estaba muy relajado, con una camisa más sport, menos montado, y en un momento me dijo: “Te voy a hacer yo las preguntas porque vos no estás muy inspirada”. Un poco en broma y otro poco en serio me estaba diciendo que ya nos habíamos dicho todo lo que teníamos para decirnos.

¿Cuánto te llevó el proceso de escritura? 

El proceso de escritura empezó con una frase muy corta que dice que estuve peregrinando. Esa frase se me ocurrió un día en que iba a lo de Bruno. Estaba muy frío, iba caminando por avenida Corrientes y la anoté. Yo en la casa no anotaba. Anotaba cuando me iba y en el grabador. La escritura empezó con esa frase que la volví a leer cuando terminé la investigación. La miré y me cerró por todos lados. Solo de desgrabaciones tengo 600 páginas, más material de archivo, videos, libros y la investigación de otros pianistas para comparar.

Decís que sos mala entrevistando. ¿Por qué?

Soy mala entrevistadora. Yo no sé hacer lo que estás haciendo vos, una entrevista con una persona por un tema puntual que en sí mismo sea poderoso, interesante. Esta cosa de que te hagan preguntas estimulantes no me sale. Yo voy muy lento, de a poco, hago preguntas chiquitas. Voy muchas veces a lo mismo. El valor de mis entrevistas puede venir de la relación que se crea con el entrevistado. Si tuviera un programa en la televisión o en la radio me echan porque tendría que estar grabando seis o siete horas para condensar 35 minutos de una charla que valga.

Es conocida por sus descripciones, que son particulares y detallistas. ¿Cuesta mantener un estilo sin caer siempre en los mismos lugares?

Sí, es difícil. Te pueden pasar dos cosas: lo que más hay es el lugar común, la frase hecha, que es algo que tiene mucho éxito en esta profesión. No es fácil encontrar una mirada distinta sobre cosas que ya han sido supermiradas. También cuando tenés la pretensión de estar cambiando todo el tiempo, te podés transformar en una especie de snob del cambio. Hay personas que están más empeñadas en ser novedosas que en hacer lo que hay que hacer. Cada texto requiere una mirada y una clase de adjetivación distinta. La forma de la frase, la música del texto. La idea es hacer algo genuino, y lo novedoso, a veces, puede ser poco genuino.

Pero quienes te siguen identifican una voz propia y reconocible.

El otro día me pasó algo que me encantó. Un colega del diario La Nación, donde trabajé muchos años, me escribió y me dijo:“Lei, encontré una nota de la que fue la primera mujer del rock nacional publicada en el archivo del diario en el 96 o el 98. No tiene firma pero yo dije ‘esto lo escribió Leila’”. Y dije “sí, qué lindo lo que me decís”. Que ya en ese momento se pueda percibir, aunque no tiene mucho que ver con lo que digo ahora. Pero qué lindo que la voz de un autor se reconozca.

¿Leés tus textos viejos?

Solo por obligación. Más bien leo textos de otros. Cuando algo me está costando, me fijo a ver cómo lo solucionó Martín Caparrós o Josefina Licitra. Me aburre leer textos míos. Yo soy pieza tocada, pieza movida, como en el ajedrez. Soy muy segura siempre. Con mis libros no soy una persona que se demora siete años y corrige y corrige. Soy partidaria de cierto errorismo, podríamos llamarlo. Me parece que las cosas que están hipercontroladas pierden algo. Este libro lo terminé de escribir en marzo de 2018, lo dejé descansar hasta mayo, le di una lectura, le corregí un par de palabras y escribí un mail a la editorial diciendo “Hola, escribí un libro. ¿Les interesa?”. Me dijeron que sí.

¿No lo habías hablado antes?

Ya había comentado algo con mi editora un año antes, pero no quedamos en algo en concreto. Me gusta trabajar sola con mi caballo y mi cantimplora. Siento una presión con la que no soy capaz de lidiar si firmo un contrato.

¿Por qué decidiste no tener redes sociales?

No las necesito. Soy bastante tecnológica, pero uso de la tecnología lo que necesito. Hace un tiempo tuve WhatsApp solo para hacer una conexión con una entrevistada que estaba en Chile y era muy complicado para ella coordinar de otra manera. Antes, a cada persona que le comentaba que no tenía me decía: “WhatsApp es lo peor”. ¿Cómo es compatible el discurso de la maravilla de la tecnología con la gente que vive aterrada porque le mandan 500 whatsapps por día? Es un sistema horroroso. Todo lo que ves lo tenés que contestar al minuto. ¿Cómo hacés? ¿Te tenés que mandar mails, mensajes a vos mismo? Así te recordás que tenés que contestarle a fulano, a mengano. Me parece que muchas veces el sobreuso de la tecnología es lo que termina transformando el tiempo de hoy en un tiempo ansiógeno en el que uno vive pendiente de la conexión permanente. Yo tengo columnas de opinión, doy entrevistas, escribo artículos, libros, doy talleres. No necesito decir también más u otras cosas en redes sociales. Y para mí uno termina convencido de que la realidad que funciona ahí adentro es la realidad. En tu perfil podés seguir a personas y un mundo progre; rodearte de sus amigos progres. Pero la calle es una mezcla. La calle es una mezcla del progresismo con el fachismo, el machismo.

En esos casos también podría ser una especie de refugio.

O lo contrario. Hay gente que estará rodeado de conservadores. Para mí es un velo que separa de la realidad. Y es muy distractivo, adictivo. Yo soy muy adicta, muy compulsiva con las conexiones y todo esto, y para escribir necesito concentración. Me cuesta mucho llegar a la concentración, y si tuviera Facebook o Twitter o Instagram estaría todo el tiempo entrando a ver quién comentó mi posteo.

¿Te cuesta mucho vencer la inercia?

Es que la tendencia natural es a no escribir. De pronto en un día, además, estoy tres horas contestando mails, dos horas en la construcción de una nueva antología que estoy preparando y después tengo que contestar un mail larguísimo al editor de Asteroide, que me manda un PDF del libro de las columnas de El País. Y más tarde tengo que corregir un perfil. Entonces no es solo vencer la inercia de no hacer una cosa. Tenés que vencer la inercia de no hacer catorce. Entrar en la concentración requiere disciplina. Me cuesta el día que digo “hoy empiezo a escribir”. La gente tiene otra imagen del escritor.

Como si fuera una inspiración divina...

(Risas). Ojalá, ojalá viniera como un té en sobrecitos.

Pero necesitás inspiración para tus columnas. ¿Cuáles son las temas que te movilizan?

Cuando seleccioné las columnas de El País para un libro de Asteroide, me quedó muy a la vista que tengo dos vetas muy claras. Una es la coyuntura y la otra es el mundo íntimo, que a veces es mío y a veces de otro, pero tiene que ver con lo interno. También me interesan los temas de política social, la inmigración, las políticas de género. La idea de las cuestiones de género es hablar del pensamiento retrógrado que para mí es evidente desde que tengo 15 años y que se da en muchos ámbitos. Después hay temas como el suicidio adolescente y la gente vieja. Trabajamos para vivir cada vez más. ¿Pero los vemos? A los 50 años te tomás una píldora que te hace invisible. De ahí en más no existís. Entonces, ¿para qué querés vivir hasta los 100 años si la sociedad no ve en vos un sujeto valioso? Es solo para decir: tenemos momias que viven.

Ya pasaste los 50 años. ¿Te sentís así?

Para nada. Yo no lo siento, pero soy una en unos cuántos cientos de millones de personas. Yo salgo de mis zapatos. No puedo pensar desde mi lugar porque es una situación de privilegio. Pero los temas vienen de un lugar íntimo, surgen de cosas íntimas. Un día estoy cocinando un dulce de tomate y recuerdo una llamada. Otro día estoy andando en bicicleta y pasa tal cosa. Y lo demás es leer, escuchar la conversación pública. A veces pasan cosas notorias y como columnista sentís que tenés que decir algo. Me acuerdo que cuando apareció muerto el fiscal Alberto Nisman estaba Cristina Kirchner en la Presidencia y en la Argentina había faltante de tampones para las mujeres. Con mucha indignación escuché a una diputada o senadora kirchnerista tomárselo a la broma. Y yo me indigné mucho porque es un tema de salud pública. Si faltaran hojitas de afeitar durante un mes o preservativos nadie diría “bueno, no es para tanto”. Que lo dijera una mujer y que supuestamente viene del campo popular me enervó mucho. Y repetir esa cosa machista. Escribí una columna sobre esto, la estaba por enviar y el domingo aparece este señor muerto. Columnista argentina, diario El País, qué papel hago. Obvio que dejé la columna de tampones y me puse a escribir de Nisman. A veces la realidad marca los esquemas. 

“El periodismo es un arte y cuando está bien hecho es literatura”

Formás parte de una generación de escritores que representan la excelencia en el periodismo narrativo. ¿Sentís que hay algo que los une?

En la generación de Martín Caparrós, (Juan) Villoro, Alma Guillermoprieto, no había tantos periodistas narrativos. Ellos fueron nuestros maestros y referentes. Nuestra generación creció leyéndolos y queríamos ser como ellos. Los que venimos atrás tenemos en común un concepto del periodismo como un camino de partida y llegada. No estamos escribiendo periodismo para alguna vez escribir ficción y validarnos en el canon de la literatura. Hay muchos de ellos que hacen las dos cosas. Ya no es como los periodistas de generaciones anteriores que decían “voy a ganarme la vida con el periodismo, va a ser el que va a pagarme el pan y voy a hacer un autor cuando pueda escribir mi novela y pueda colocarla en el mundo de las grandes letras”. Para nosotros, el periodismo es un arte y cuando está bien hecho es literatura. Otra cosa que nos une es el pluriempleo: todos los cronistas trabajamos en algún momento en redacciones, pero somos freelance o tenemos un segundo empleo. También estamos metidos en los tres mundos: escribimos, editamos, damos talleres.

¿Cuáles son los mayores problemas del periodismo actual?

Siempre hay problemas con el periodismo. En épocas de dictaduras terribles, el periodismo la ha pasado muy mal. Hay periodistas muertos, en tu país, en mi país. Eso a veces nos olvidamos, y digo “cornos”. Eso no era un problema, era una masacre. Y pasó ayer nomás. Venimos de esta casta —y ojo, no digo que haya que morirse para ser periodista ni que nos maten como están haciendo en México—. No debería pasar. Uno de los problemas serios del periodismo es el modelo de negocio de los grandes medios. Se está devaluando la calidad en pro de buscar los clicks, los clicks, los clicks. Creo que hay una crisis de medios fuerte, más que una crisis de periodistas.

Pero este modelo también incide en el trabajo de los periodistas.

Por supuesto. Ahí me gustaría ver un poco más de resistencia, esa palabra tan resistida. Yo no estoy en la situación de un tipo que tiene que trabajar de las diez de la mañana a las seis de la tarde en un medio que le exige escribir cinco notas por día, ayudar al pasante que recién llegó y mantener activas las redes. Pero también porque me he resistido a eso. Me gustaría ver más resistencia y no aceptar cualquier manera de trabajo. Sé que es complicado porque tenemos que llegar a fin de mes. Es algo de lo que se habla poco, la forma de trabajo a la que estamos dispuestos. Después de todo, el periodismo lo hacemos los periodistas; debe haber una posibilidad de resistirse. Y por otro lado, el gran problema es el que sabe todo el mundo, el tema de las fake news. La gente que está más al tanto lo llama desinformación y tiene que ver con el desprestigio del periodismo, cuestionado por los poderosos que encontraron en el periodismo un enemigo perfecto. Pero también el periodismo es una víctima de sí mismo porque responde a eso de una manera bastante precaria, bastante torpe. El predominio de las noticias falsas tiene que ver con que la gente prefiere informarse por WhatsApp.

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.