Robert Redford

El vejete está armado

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Nº2016 - al de Abril de 2019
Eduardo Alvariza

Tiene 82 años y todavía le da para corretear detrás de las cámaras, aunque esta vez anunció que con este último papel se despedía del cine, al menos como actor. Y el papel está hecho a su medida: un vejete amable, seductor, de esos que te escuchan con todo el tiempo del mundo, que parecen ser comprensibles y bonachones (y seguramente lo sean). Solo que a este vejete de ojos azules se le da por robar bancos. Y no uno, o dos, o tal vez tres y luego me retiro. No, el vejete no puede parar de robar bancos. Tanto es así que estuvo varias veces preso. Y no escarmentó. Cuando salía de la cárcel, otra vez se ponía al servicio de su adicción: traspasar las puertas de un banco con esa pinta inofensiva, con un maletín y un sombrero que algo le oculta el rostro (para que no lo distingan claramente las cámaras de seguridad), acercarse al mostrador, presentarle a la cajera su mejor sonrisa y luego dejar ver debajo de su saco, muy lentamente, como si descorriera una cortina, el revólver.

Un ladrón con estilo (The Old Man & the Gun, 2018) está pensada para Robert Redford, pero no está dirigida por él. El guionista y director que rinde homenaje a esta gran estrella de Hollywood es David Lowery, y se basó en un artículo de la revista New Yorker sobre un tal Forrest Tucker que se escapó de Alcatraz, de San Quentin en un kayak y de otras rejas unas… 16 veces, y atracó tantos bancos —y operado del corazón— que dejó en ridículo a la policía. En total, se estima que el elegante y amable señor Tucker se embolsó unos cuatro millones de dólares. Finalmente murió en 2004 a los 83 años, en la cárcel Fort Worth de Texas, muy posiblemente soñando que robaba otro banco.

Además de Redford, la película destaca la presencia de Sissy Spacek como su novia, los veteranos Danny Glover y Tom Waits como sus compinches y Casey Affleck como el policía que le sigue los talones. No pretendamos encontrar un thriller con las locas peripecias de este hombre. Ni una comedia disparatada. Es un filme amable y poco más, pero alcanza para coronar con justicia la carrera actoral de Redford, que nunca fue versátil o camaleónico en cuanto a interpretaciones. Antes que nada estamos ante una estrella en el viejo sentido hollywoodense, como lo eran Cary Grant o James Stewart. Todo lo que hacían lo hacían bien, porque sabían ajustarse a los trabajos que debían encarar. Tipos con presencia, magnetismo, sex appeal. Y de los que saben sacar jugo a sus condiciones y más aún a sus limitaciones. Gary Oldman —que algo entiende del asunto— habló maravillas de los primeros planos de Redford con el teléfono en Todos los hombres del presidente (1976, de Alan Pakula). Un hombre y un teléfono. Y a nivel gestual, lo más importante no es lo que dice sino lo que escucha.

A fines de los 60 y durante la década de los 70 hizo cantidad de películas (bajo las órdenes de George Hill y Sydney Pollack en varias oportunidades) y papeles emblemáticos, como Descalzos en el parque (el primer gran impulso se lo dio esta pieza de Neil Simon interpretada en teatro y luego llevada a la pantalla junto a Jane Fonda), Butch Cassidy, La ley del talión, El golpe, El gran Gatsby y Los tres días del cóndor. Toda filmografía esconde alguna rareza. En el caso de Redford es El falso ídolo (1970, de Sidney J. Furie), en la que hacía de motociclista chanta y manipulador, rodeado de bellas mujeres y oportunidades para sacar tajada en los locos años de la psicodelia.

A partir de los 80, sus películas bajan de calidad: Brubaker, El mejor, África mía, Habana, Propuesta indecente. Él sigue igual a sí mismo, pero las historias son más banales, blandas y en algunos casos realmente tontas. Hay dos razones: una de ellas es la fundación del Instituto Sundance en 1980, en terrenos de Utah, cedidos por el propio actor, y luego, en 1983, del Festival de Cine de Sundance, que se dedica a promocionar el cine independiente y de autor que por lo general los estudios rechazan, un cine precisamente alejado de las películas industriales y luminosas que le dieron fama a Redford.

La otra razón es su inclinación a trabajar detrás de cámaras. En 1980 dirige su primera película, Gente como uno (Ordinary People), sobre las conflictivas relaciones familiares, con Donald Sutherland y Mary Tyler Moore. Y gracias a este drama llegarán cuatro estatuillas: mejor película, guion adaptado, actor secundario (Timothy Hutton) y director (el propio Redford). Semejante espaldarazo lo llevará por el camino de la dirección hacia un fallido realismo mágico (El secreto de Milagro), el preciosismo fotográfico (Nada es para siempre), un sonado caso de estafa televisiva en un concurso de preguntas y respuestas (El dilema-Quiz Show) y otros ejemplos más o menos olvidables.

En su libro Sexo, mentiras y Hollywood (Anagrama), sobre Miramax, Sundance y el cine independiente, Peter Biskind intentó hablar con Redford, sin suerte. El actor, director y productor tiene pocas pulgas, no le gusta exponerse. Tal vez sea una consecuencia de su tradición familiar, como él mismo recordó en una entrevista, una tradición que veía muy mal hablar de cuestiones personales en la mesa, exhibir las emociones, llamar a las cosas por su nombre. O tal vez sea que Robert Redford es muy parecido a Gatsby: una estrella distante, introspectiva, misteriosa.

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