Es solo una cuestión de actitud

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Nº2077 - al de 2020
La columna de Facundo Ponce de León

La caída del relato fue publicada en Búsqueda el jueves 28 de mayo. Sostenía que la izquierda perdió la hegemonía que se arrogó en el campo de la solidaridad, la ciencia y que queda la incógnita sobre la cultura. Decía también que esa pérdida de hegemonía es una buena noticia para la democracia. Me faltó señalar algo importante: debería ser también una buena noticia para el Frente Amplio. Sin embargo, algunas posturas ideológicas no logran ver esta buena nueva.

Tanto una carta que publicó la diaria el 8 de junio, como la de Búsqueda del 11 de junio son, en su crítica, una prueba de la tesis principal que defiende el artículo. Los autores, en vez de desafiarse con el argumento principal de la columna (la izquierda perdió una hegemonía simbólica), se escudan en una jerga y un discurso que es justamente lo que es preciso desmontar. Sus textos son evidencia de lo declarado, y no un contrargumento.  

Antes de avanzar en el razonamiento, recalco que ambas cartas son cordiales y amistosas. En la misma línea he recibido correos electrónicos y algunas llamadas. Me han dicho “que me apuré”, “que me la jugué demasiado”, “que me comí la pastilla del nuevo gobierno”, “que desconozco la institucionalidad de las prácticas de izquierda”, “que perdí legitimidad por ponerme en un lugar tan partidario”, “que la cultura fue, es y será de izquierda porque los productos culturales no se rigen por su rentabilidad, como lo quiere el sistema imperante”.

Ninguna de estas citas está tomada de las pasionales redes sociales. Son personas que me escribieron directamente. No obstante, demostraron el peso que tiene para ellos el relato hegemónico y la dificultad que les supone ponerlo en cuestión. El problema de estas críticas ideológicas es que, aun en el caso de que sus réplicas fueran válidas, lo que plantea la columna sigue siendo un ejercicio necesario para una fuerza política que gobernó tres períodos seguidos con mayoría parlamentaria y hace 30 años que gana en la capital.

En otras palabras: hacer el ejercicio mental de que los argumentos planteados en La caída del relato son válidos es más fructífero que tratar de desacreditarlos ideológicamente. Es parte de la refundación que tiene que hacer la mayor fuerza política del país. Si les molesta que lo diga yo, o que se diga en Búsqueda, lean las declaraciones de Orsi, Villar, Bergara. Dicen lo mismo. Es triste que tenga que venir de un compañero para que lo acepten como argumento. Es parte de la hegemonía ideológica que denuncio.

Uno podría decir: ¿pero no es también ideológica la crítica que yo hago a las críticas ideológicas? ¿No estamos siempre inmersos en una ideología? La clave para responder esto es que hay ideologías que permiten el disenso y otras que no. Por ejemplo: un liberal político profesa una ideología que contiene una pluralidad de opiniones en su seno. El fascista no. Si bien son dos ideologías, en lo metodológico son radicalmente distintas una de otra. En la primera hay gente de todo tipo que vota distintos partidos políticos. En la segunda hasta el mismo hecho de votar es algo discutible.

El problema del relato actual de la izquierda es que, justamente por su aspecto hegemónico y su éxito electoral, fue empantanando el disenso cada vez más. Desmontarlo entonces es importante para la salud de la fuerza política y para el sistema en general. Esto solo se puede lograr con discursos que tengan su lugar en el espacio público sin que las emociones y los instintos tribales-partidarios fagociten la espontaneidad y el libre pensamiento. Entender la pluralidad de ideas a partir de que se respeta a las personas como tales, y no por su ideología. Sin temor al dedo inquisidor y sin ese culto a la emotividad, exacerbado por un uso pasional de las redes sociales.

No quisiera que se malinterprete lo de la emoción. Respeto a los que se sienten batllistas de todas las horas, o blancos como hueso de bagual, o a los que llevan tatuada en el alma la huella de Seregni. Entiendo su ideología y su pasión, a veces hasta me gustaría tenerla. Pero no la considero un valor positivo por sí mismo. Lo importante es esforzarse por salir de la burbuja, sea ideológica, sea pasional, o sea una mezcla de ambas. En todos los casos hay que entrenar el hábito de comprender por uno mismo.Asumir, sobre todo, que la pasión no es algo de lo que enorgullecerse, sino algo que hay que canalizar para clarificar pensamientos. No hay que negar lo pasional, pero tampoco hay que ensalzarlo. Ni en uno mismo ni en los otros. Reconocer la pasión sí. Pero que eso sea el sustento para decir cualquier cosa, no.

A la ideología y a la pasión hay que sumarle un último aspecto: la autenticidad. “Conócete a ti mismo” decía la entrada al templo de Apolo en Delfos hace 3000 años. Seguimos directamente vinculados a esa dimensión de autoconocimiento, de duda, de búsqueda, de convicciones personales que se mezclan con las ideologías y las pasiones, pero no se agotan en ninguna de ellas. Son una fusión única y dinámica. Son el derrotero que se recorre para ser uno mismo.

En ese camino solitario, paradójicamente, nadie está solo. Desde el fondo de la historia y desde todos los rincones hay vidas ejemplares que acuden a nuestro auxilio. Sus agallas, su capacidad crítica, su creatividad y su autenticidad serán siempre un impulso y una guía. En lo personal, suelo acudir a esta respuesta que dio Hannah Arendt cuando Hans Morganthau le preguntó en 1972: “¿Qué es usted? ¿Es conservadora? ¿Es liberal? ¿Dónde se sitúa usted entre las perspectivas contemporáneas?”.Ella respondió: “No lo sé. Realmente no lo sé y no lo he sabido nunca. Supongo que nunca he tenido una posición de este tipo. Como saben, la izquierda piensa que soy conservadora y los conservadores algunas veces me consideran de izquierdas, disidentes o Dios sabe qué. Y debo añadir que no me preocupa en lo más mínimo. No creo que este tipo de cosas arrojen luz alguna sobre las cuestiones realmente importantes de nuestro siglo”.

Ya pasamos al siglo XXI, y tampoco en este siglo las cuestiones importantes se definen por esa etiqueta. Reconocerlas o presuponerlas en otros no arroja una luz relevante. Es más, lo que puede ocasionar es la oscuridad de la tribu que se abalanza sobre el que dice algo que no se esperaba, que no condice con las expectativas del grupo. Ahí hay que defender la libertad más íntima, lo que no se puede encasillar en ningún lado. La que en su impulso supera la actualidad. Difícil de definir esta dimensión política. Capaz porque no tiene definición. Es solo una cuestión de actitud.

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