Feminismo radical con manchas de pintura

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Nº2012 - al de Marzo de 2019
por Pau Delgado Iglesias

¿Son de las buenas o de las malas? ¿De las que no me representan o las que sí? ¿Son liberales o radicales?

Pasó, con enorme éxito, otro 8 de marzo internacional, y va quedando claro que las feministas estamos juntas y somos cada vez más. Probablemente sea por eso que hay tanta necesidad de atacar y dividir al movimiento. ¿Si hay diferencias? Por supuesto que las hay, somos miles y miles, de todas partes del mundo. Y no saben qué bien se siente sabernos unidas, porque es precisamente en esa unión que está el verdadero mensaje político.

En Montevideo la marcha fue multitudinaria, y los carteles con demandas y consignas se multiplicaban en cada esquina: las maestras, las del Carnaval, las antiespecistas, las afro, las católicas, las trans; las que están en situación de discapacidad, las que marchaban contra el acoso callejero, contra el femicidio, contra la trata, contra las violaciones; las que reafirmaban el derecho al aborto, las que marchaban recordando a las mujeres privadas de libertad, a las asesinadas y a las desaparecidas en democracia; las pobres, las estudiantes, las trabajadoras, las madres, las hijas.

Todas con distintos intereses, aunque con el mismo objetivo claro: avanzar hacia la desarticulación del patriarcado. Es eso, justamente, lo que define originalmente a las feministas como “radicales” (esas que tanto inquietan a algunos periodistas uruguayos): una búsqueda rápida en Wikipedia nos permite saber que el “feminismo radical” surge en Estados Unidos entre la década de 1960 y 1970 y es una corriente que sostiene que “la raíz de la desigualdad social en todas las sociedades hasta ahora existentes ha sido el patriarcado”, o sea la dominación del varón sobre la mujer, y se denomina feminismo radical porque se propone “buscar la raíz de la dominación”. Es precisamente esta lucha común contra el patriarcado y sus estructuras de poder lo que mantiene al feminismo unido a pesar de tantas diferencias. Y quienes tanto se alarman ante la “inmoralidad de las radicales”, probablemente disfrutan cada día, por ser varones, de muchos privilegios a los que no están dispuestos a renunciar.

Como explica la teórica Sarah Banet-Weiser (2019), la “popularización de la misoginia” debe entenderse como una reacción a la popularización del feminismo. En sus investigaciones, observó que cada expresión de feminismo popular venía siempre acompañada de una respuesta hostil, independientemente de que esto ocurriera en las redes sociales, en el ámbito legal o en la cultura empresarial. Según Banet-Weiser, el feminismo popular y la misoginia popular deben entenderse como una relación, en la que el feminismo es “activo” en el reconocimiento de desigualdades estructurales, y la misoginia reacciona al feminismo de manera cada vez más violenta y visible.

Quienes, por otro lado, también indignados con “el extremismo de las radicales”, piden recuperar las voces del feminismo liberal, parecen olvidarse que las liberales surgieron con los movimientos por el derecho al voto, a fines del sigo XIX y principios del XX, momento en que se dieron las más violentas manifestaciones en la historia de los reclamos feministas (con incendio de comercios y establecimientos públicos, agresiones a los domicilios de políticos y miembros del Parlamento). En aquel momento, en Gran Bretaña, solo el Partido Laborista apoyaba el voto femenino, mientras que liberales y conservadores se oponían, y se oponía también un grupo de mujeres “antisufragio” que insistía en que las mujeres no tenían la capacidad de entender sobre política. Parece que algunas posturas no han cambiado tanto.

Más allá de las relativamente pocas y aisladas manifestaciones de violencia a lo largo de siglos de lucha, puede afirmarse sin dudas que la revolución feminista es una revolución pacífica. La marcha del viernes 8 en Montevideo fue positiva para todas las personas que nos sentimos genuinamente convocadas por el feminismo. Ojalá algún día las manchas de pintura en la fachada de la iglesia (al igual que los hechos de principios del siglo XX) sean recordadas como un costo menor del cambio cultural urgente del que estamos siendo parte.

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