La agenda de responsabilidades

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Nº2007 - al de Febrero de 2019
por Fernando Santullo

La brutalidad de la noticia era absoluta: la dueña de un local de Redpagos había sido asesinada de siete disparos en el curso de un asalto al que se resistió. Ocurrió en la mañana del martes 5 en un supermercado de Ciudad del Plata, San José. La noticia estuvo en todos los titulares, estalló la indignación vecinal y al mismo tiempo, flotaba en el aire la sensación de que la mujer asesinada sería pronto olvidada por todos, salvo por sus seres queridos, aquellos que sentirán en carne propia esa ausencia, profundamente injusta. “Ya estamos acostumbrados a no tener más ni eso” cantaba Renato Russo en una de sus mejores canciones y así parece ser: la violencia es parte de nuestro paisaje cotidiano y nos estamos acostumbrando cada vez mas a ella.

Sobre esa violencia leía hace pocos días una muy buena entrevista al sociólogo Gustavo Leal, director de Seguridad y Convivencia del Ministerio del Interior, en la que se extendía sobre su tarea actual y los desafíos que enfrenta. Entre las muchas cosas interesantes que Leal decía al semanario Voces, me llamó la atención, por su alcance, esta frase: “Una cosa es la ampliación de las libertades y la conquista de la agenda de derechos, que ha sido muy importante y que es muy importante defender, pero la defensa de eso se hace fundamentalmente cuando las personas también pueden ejercer responsabilidades como ciudadanos”.

Leal, que por sus palabras y sus acciones suele ser zarandeado tanto desde filas de izquierda como de derecha, está apuntando allí a una de las claves esenciales del vínculo colectivo: los derechos ciudadanos solo pueden ser ejercidos de manera plena si se entienden como parte un entramado mas completo y complejo que incluye de manera ineludible las obligaciones. De hecho dice mas que eso: dice que la mejor forma de defender los derechos que se conquistan es a través del desarrollo de una ciudadanía responsable y activa, que entienda que ser parte de un tejido colectivo implica derechos y también, sí o sí y al mismo tiempo, responsabilidades hacia el resto.

Precisamente por ser miembro de un partido que se identifica antes que nada con una agenda de derechos y al mismo tiempo ser el responsable de repartir leña sobre quienes violentan los resultados de esas conquistas, es que Leal recibe palos a diestra y siniestra. El propio sociólogo recordaba en esa entrevista que “la delincuencia no es producto del capitalismo. Arranquemos por ahí, porque si no, no se entiende el ‘no robarás’ de los diez mandamientos”. Y luego apuntaba: “La izquierda tuvo un problema para discutir los temas de seguridad, durante mucho tiempo”, para concluir: “Frente a esa ausencia conceptual, llenó el vacío con una mirada muy estructuralista sobre los problemas de la seguridad, no conociendo muchos temas que en el mundo se abordan y discuten”.

En otra entrevista, esta con la diaria, Leal planteaba que también existe la “autonomía” a la hora de cometer un delito y que recordar eso “nada tiene que ver con el libre albedrío liberal”. Mas allá de dejar claro al público que lo suyo no tiene nada que ver con los feos liberales, lo que Leal recuerda es que ningún ciudadano debería poder ser disuelto en su circunstancia, que siempre existe la capacidad autónoma de tomar decisiones. Que estarán en mayor o menor grado medidas por una experiencia de vida y un contexto. Pero que no son definidas y condicionadas al 100% por ese contexto y esa experiencia. De lo contrario sería esperable que toda la gente que atravesó unas experiencias X y vive en una realidad Y se comporte de manera unánime de una manera Ñ. Y eso, lo sabemos empíricamente, no es así.

Lo que se cuestiona es la idea de que las personas que delinquen son solamente un reactivo, apenas un caldo de cultivo sin capacidad de decisión, sin idea de las consecuencias de sus actos, mero reflejo negativo de la realidad. Esa es una mirada que cae en un paternalismo no muy distinto al que ejercen muchos occidentales cuando no le creen al terrorista islámico sus declarados motivos religiosos y lo consideran un niño sin voluntad ni perspectiva, cuya existencia es puro espejo de las injusticias a las que son sometidos los suyos por los imperios occidentales desde hace siglos.

¿Cuál es mecanismo colectivo que tenemos para que esa autonomía personal se defina hacia el lado de la responsabilidad y no hacia el del delito? Educar al ciudadano también en sus obligaciones, no solo en sus derechos. Reprimirlo cuando delinque y ataca al colectivo a través de ese delito. Que cuando fallan los diques sociales y culturales previos, sea claro cual es el límite respecto a los demás. Y que atravesar ese límite lo puede dejar a uno en la cárcel. Lo cual, es verdad, nos lleva de inmediato al gravísimo problema carcelario de Uruguay, un horror que no solo no recupera a nadie para el colectivo sino que funciona mas bien como escuela del crimen y de la humillación.

Dicho esto, lo cierto es que ninguna sociedad es realmente sana si debe funcionar como un panóptico, es decir, siendo escrutada permanentemente por el ojo de la autoridad. Una sociedad es sana en la medida en que logra regularse a sí misma la mayor parte del tiempo: en donde la gente no rompe la ley porque entiende que eso está “mal”, porque se percibe como parte de un acuerdo previo y tácito, moral, según el cual ciertas cosas no se pueden hacer. Por eso, al mismo tiempo que se desarrolla una agenda de derechos es clave construir una agenda de responsabilidades. Una que sea capaz de sostener el tejido colectivo, que evite tanto como sea posible las roturas en la tela que nos permite caminar mas o menos juntos.

El problema, entiendo, es que es difícil que la unidad de esas dos agendas logre desarrollarse tal como plantea Gustavo Leal. Especialmente cuando desde su propio gobierno los derechos vienen dejando de ser concebidos como derechos del colectivo, universales, a los que se accede en tanto miembro de la comunidad de ciudadanos iguales y libres. Al contrario, la agenda de derechos parece operar cada vez mas bajo una lógica identitaria, segmentaria y segmentadora. Así las cosas ¿cómo nos puede asombrar que el “ellos” y el “nosotros” sean cada vez más distantes? ¿Qué pegarle siete tiros a alguien en un asalto sea un gesto que dé prestigio en determinados círculos, cuando a la mayoría nos parece la agresión más infame?

Si dejamos de concebirnos como ciudadanos y nos limitamos a presentarnos en exclusiva como aquel segmento de nuestra identidad múltiple que mejor cotiza en el mercado de las políticas públicas, la ruptura de la idea de ciudadanía es algo prácticamente inevitable. Y el delito, la violencia, todos aquellos factores que atentan contra lo democráticamente logrado hasta hoy, pasan a ser simples efectos no previstos, daños colaterales. Segmentados por clases antes, segmentados por etnia, preferencia sexual o auto percepciones varias hoy, vamos de cabeza hacia la nada ciudadana. Así las cosas, me temo que al jerarca del Ministerio del Interior le van a seguir cayendo piedras de todos lados, a pesar de sus mejores intenciones.

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