Matar al padre

4min 8
Nº2026 - al de 2019
por Facundo Ponce de León

El liderazgo político tiene dos condiciones espinosas e imbricadas, que mezclan política, psicología y misterio. Me refiero al parricidio y a la formación de sucesores. Empecemos por este último aspecto que nos llevará al primero.

Piensen en Wilson, Seregni, Batlle, Sanguinetti, Vázquez y Mujica: sus liderazgos políticos son indiscutidos y fueron sostenidos en el tiempo: décadas como figuras carismáticas, con ascendencia dentro y fuera de sus partidos. Sin embargo, ninguno de ellos dejó sucesores a la altura. A diferencia de lo que pasa en otros ámbitos (empresarial, académico, técnico), el liderazgo en política no tiene entre sus virtudes formar y dejar descendientes.

Primera explicación: son carismas tan intensos que todo queda quemado a su alrededor (aun cuando ellos quisieran formar a las nuevas generaciones). Segunda conjetura: son egos tan grandes que no dejan levantar vuelo a otros, no lo conciben. En cualquiera de las dos hipótesis el resultado es el mismo: ningún wilsonista le hace sombra a Wilson. Ningún mujiquista llega a los talones del Pepe y ningún batllista hereda la sapiencia de don Jorge, y así sigue con todos los liderazgos políticos de los últimos 50 años.

Otra manera de explicar esta cuestión es justamente el parricidio. ¿Por qué es tan difícil que un líder político forme a su vez buenos líderes políticos? Porque nadie va a formar a alguien que tiene que asesinarte para consolidar su liderazgo. Y el liderazgo político necesita de esa muerte para afianzarse. Es más, una buena manera de medir un liderazgo genuino es saber justamente a quién mató para llegar donde llegó. Puede sonar violento plantearlo en estos términos, pero es un dato de la historia pasada y reciente.

En la época monárquica matar al padre era un hecho político y filial; el príncipe mataba a su padre biológico para acceder al trono. Las historias de parricidios empiezan a pulular en esos contextos de intrigas familiares y poder político entrelazadas. Desde la caída de las monarquías, el nacimiento de los Estados modernos y la democracia (o sea desde el siglo XVIII- XIX hasta hoy), el parricidio se ha extendido a padres más allá del sentido biológico. No se elimina el delito, sino que se le agrega un modo metafórico. Vayamos a los casos nacionales actuales, que contienen todo lo que nos lega la historia.

El liderazgo de Lacalle Pou está construido sobre la muerte política de su padre biológico. Si Lacalle Pou pudo crecer todo lo que creció en estos años, es porque fue a la casa familiar y, en un gesto político que dejó a un lado el corazón, le pidió a Lacalle Herrera que abandonara la vida pública. Él, en un gesto de amor que dejó al lado la política, se dejó morir. Sin ese hecho fundante, hoy Lacalle Pou no estaría donde está.

Talvi no vio necesario el parricidio para su crecimiento político. Jorge Batlle había muerto biológicamente y a Sanguinetti no era necesario matarlo porque estaba moribundo. El error de no haber cometido el parricidio puede llevar a Talvi a perder la interna o ganarla con un esfuerzo inconmensurable y desgastante con respecto al que se imaginaba. En cualquiera de los dos escenarios, ganando o perdiendo, para consolidar su liderazgo tiene pendiente un parricidio.

Daniel Martínez es el caso más complejo de analizar. Primero, porque necesitaría cometer un doble homicidio (Vázquez y Mujica); segundo, porque parece no estar haciéndolo y aun así consolidar su liderazgo a la interna del Frente Amplio. Hay tres maneras de interpretar esto: la primera es que estamos ante una nueva manera de hacer política que no necesita parricidio. Postura difícil de defender ante tanta evidencia histórica que la contradice. La segunda es que está esperando ganar el próximo domingo para cometer el crimen. La tercera es que el parricidio ya está sucediendo y Martínez quiere que sea así, en cámara lenta. Saldando viejas deudas con ambos líderes, Martínez prefiere matarlos despacito que de un solo golpe mortal. El riesgo es grande, por lo mismo que ya vimos con Sanguinetti: estar moribundo no es lo mismo que estar muerto.

Podríamos seguir con candidatos que compiten en las próximas internas: Larrañaga no se consolida porque no mata a su padre (Wilson); Cosse no despegó porque no cometió parricidio (Mujica-Topolansky); Sanguinetti construyó su liderazgo sobre una relación parricida y compleja con Jorge Batlle, quien a su vez mató a su padre Luis Batlle para construir su carrera política.

La muerte biológica y el parricidio político a veces coinciden y a veces no: Wilson construyó su liderazgo sobre la muerte biológica de Herrera, del mismo modo que Lacalle Herrera la construyó sobre la muerte biológica de Wilson. Vázquez consolidó su liderazgo sobre el parricidio de Seregni, quien poco tiempo después murió biológicamente, lo que disimuló apenas la primera muerte del exgeneral.

Mujica, si bien inauguró un ala caudillista nueva al interno del Frente Amplio y no necesitaba cometer parricidio, simbólicamente mató su herencia blanca para consolidarse en su nuevo rol. Una vez asentado su liderazgo, volvió a mencionar a Saravia y a Nardone, ya desde la nostalgia de aquello que ya no es. La misma nostalgia con la que hoy puede hablar Vázquez de Seregni o Sanguinetti de los Batlle.

Por último, pensamos en la cantidad de liderazgos que han quedado por el camino. Uno puede analizar cada elección nacional y ver esas figuras fugaces que aparecen y desaparecen de una elección a otra, algunas incluso obteniendo un muy buen resultado electoral. Hay que estudiar cada caso y ver los múltiples factores de sus ascensos y sus caídas. Cada uno es singular. Pero también es cierto que en todas las caídas de los liderazgos políticos hay un factor común: no haber sabido matar al padre. Lograr ese parricidio, además de consolidar un carisma, reabre el misterio de por qué se necesita esa muerte para crecer.

✔️ Las agallas y el sistema

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.