Oscar Martínez

El actor Oscar Martínez dice que su protagónico en La misma sangre fue “extremadamente difícil” y que sin plataformas como Netflix el cine estaría “mucho peor”

“Me preocupó cómo volver atractivo un personaje que no produce empatía”

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Nº2012 - al de Marzo de 2019
Por Patricia Mántaras. Foto: Adrián Echeverriaga

En los últimos cinco años, Oscar Martínez filmó 13 películas. En los últimos doce meses, puntualmente, cometió una “bestialidad”. “Rodé cuatro películas, primero una en España, que se llama Yo, mi mujer y mi mujer muerta (del español Santi Amodeo). Luego filmé con Juan José Campanella El cuento de las comadrejas; después esta (La misma sangre), y luego en España una película de producción puramente española, Vivir dos veces, de una directora que se llama María Ripoll”. Comedia, drama, thriller, drama, en ese orden. “Me gusta que haya variedad”, dice el actor desde el tercer piso del Hyatt Centric.

Aunque en su trayectoria había tenido grandes reconocimientos en teatro (en 2005 recibió el premio ACE a la Mejor comedia por Ella en mi cabeza, la obra que él escribió y que viajó a varios países), fue a fines de 2016 cuando obtuvo su mayor reconocimiento en cine al convertirse en el primer latinoamericano en ganar la Copa Volpi al Mejor actor en la 73ª edición del Festival de Venecia por El ciudadano ilustre —la película de Gastón Duprat y Mariano Cohn que arrasó en los festivales y ganó el Goya a Mejor película iberoamericana—. El único actor de habla hispana que había ganado la prestigiosa Copa Volpi hasta el momento había sido el español Javier Bardem.

El actor argentino atraviesa un momento de esplendor, y es indiscutible. La excusa de su visita a Montevideo es el estreno este jueves 14 de La misma sangre, el filme que protagoniza junto a Dolores Fonzi y que dirige Miguel Cohan (Sin retorno, Betibú). En la ficción, Martínez y Fonzi vuelven a ser padre e hija (ya lo fueron en La patota) de una familia compuesta por un matrimonio casado hace 35 años y sus dos hijas grandes, ya independientes. El drama se desata a los pocos minutos de empezada la película, cuando Adriana (Paulina García), la madre de las muchachas y esposa de Elías (Martínez), aparece muerta en el subsuelo de la casa, donde tenía montada una cocina profesional, mientras preparaba el catering para una fiesta. Todo indica que fue una muerte accidental, pero Santiago (Diego Velázquez), yerno de la mujer y marido de Carla (Fonzi), sospecha de Elías, el padre de familia.

De las complejidades que le supuso interpretar este personaje, sus trabajos en el exterior y el boom de Netflix —que compró la película antes de que se filmara— Martínez conversó con galería.

¿Qué tiene que tener un guion o un personaje para que lo elija?

No te puedo hablar de cualidades específicas, te puedo decir que yo leo el guion como vos te sentás a ver una película en el cine. Me tiene que atrapar, me tiene que entretener, en lo posible divertirme, emocionarme; como un espectador que va al cine. Si eso me ocurre, entonces entro a considerar las otras cuestiones. Me tiene que interpelar el guion, si no, es difícil. En lo primero que pienso es en la película en su conjunto, antes que en el personaje. Aun en El ciudadano ilustre, que era un personaje que me gustaba enormemente, por el hecho de que fuera un escritor, un premio Nobel, me seducía todo el universo de la película y me impactó y me gustó muchísimo lo que me pasó cuando llegué a ese doble final, digamos, que no lo esperé y que me pareció magnífico. El guion es primero, antes que el personaje, siempre. Y después uno no elige solo guiones, sino quién dirige, en qué condiciones de producción, con qué colegas intérpretes vas a trabajar. Todo eso también es decisivo, porque un guion puede ser magnifico pero el salto entre un guion y una película es enorme y entran a jugar un montón de factores, un conjunto de personas que intervienen de manera decisiva en la realización. Tener en cuenta ese equipo de trabajo también inclina la balanza para un lado o para el otro.

¿Qué me puede decir de este personaje?

Cuando Miguel me llama para esta película yo no tenía espacio en la grilla para meterla. En un momento le dije a mi representante que diera por cerrado, que no iba a poder hacerla. Habrá pasado cerca de un año y un día me llama mi representante y me dice: “Está la película de Miguel”. Y le comento: “Pero ¿cómo que está la película de Miguel?”. “Miguel te esperó, me parece que la podemos poner en tal fecha”. Así que terminé y a los dos días me estaba embarcando para irme a rodar a España. Me gustó la película porque era un thriller y era diferente, era otra vez un personaje y un mundo totalmente distintos, pero me preocupó cómo volver atractivo un personaje que no produce empatía, y una historia que tampoco la produce. Es una historia áspera, dura, oscura. Pensé: ¿cómo se hace para volver atractivo un personaje y un mundo como este? Hablé mucho de cómo la iba a contar Miguel, cómo la iba a hacer, porque es un personaje extremadamente difícil, hay quienes se dan cuenta y me dicen “qué difícil”, y hay quienes quizás no, porque normalmente cuando hablamos de un personaje difícil hablamos de alguien que tiene una gran acometividad, en una dirección o en otra. Y este personaje no tiene ninguna. Es un tipo al que las cosas le pasan. Es un sujeto pasivo de su propia desgracia, y llega a ser un tipo ya muy grande y en todos los órdenes de la vida le ha ido mal: tiene un matrimonio degradado hasta lo humillante, está virtualmente separado pero sus hijas no lo saben, montan una parodia adelante de ellas; está en una situación económica desesperante, tiene hipotecada su casa. Está en esa situación y no pareciera contar con recursos para salir de su desgracia, y de hecho, lo que le pasa es que su situación empeora. Además, es un tipo que expresa muy poco, que habla poco, verbaliza muy poco, se obstina con cosas con las que cualquier persona con sentido común no se obstinaría, como pedirle a su mujer hasta el cansancio que le preste un dinero aunque ella le dice que no en todos los idiomas. Es un personaje muy atribulado, muy atado, al que le pasan muchas cosas por dentro pero no puede más que pegar una patada o romper un florero. Todo eso se lo come él mismo.

¿Y cómo se interpreta un personaje así?

Traté, como con cualquier otro personaje, de meterme en la cabeza de este tipo, en su manera de funcionar, en su modo de relacionarse con el mundo y en su estado emocional, que independientemente de que él no lo manifieste mucho, es indudable que está tomado por una carga de frustración, y quizás de resentimiento como consecuencia, muy grande. Tratando de comprender eso y, obviamente, con Miguel muy cerca preguntándole cuando tenía alguna duda o escuchando atentamente las consignas que él tenía para darme, porque como además es coguionista tenía muy claro qué era lo que quería. Pero la verdad es que también me está dando gratificaciones superiores a las que yo esperé. No me parecía un personaje que tuviera mucho lucimiento, y sin embargo me hablan mucho del trabajo que hice. 

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A mediados de los 90, Oscar Martínez protagonizó Nueve lunas y De poeta y de loco, dos tiras televisivas que marcaron una época. Desde entonces, las cosas han cambiado. El actor se volcó más al cine, y la televisión fue mutando por el propio paso del tiempo y la aparición de otras plataformas de exhibición. Netflix llegó para quedarse y ha cambiado la forma de consumir televisión (a demanda y sin tener que esperar toda una semana para ver el siguiente capítulo de una serie, por ejemplo) y cine (el sofá ha suplantado en algunos casos a la butaca, y en otros se ha sumado).

Netflix fue uno de los productores asociados de la película. ¿Qué implica eso?

Netflix compró la película antes de que se rodara.

En cuanto a exhibición, la plataforma tiene sus defensores y sus detractores, gente que opina que lleva a que no se vaya tanto al cine. ¿Cómo lo ve usted?

Yo creo que contra eso no se puede ir, que hay que tratar de comprenderlo y acompañarlo porque es un fenómeno global y muy de nuestro tiempo. Uno se puede quejar de la lluvia, pero si llueve diez días, uno igual tiene que ir a trabajar con lluvia. A mí obviamente como formato me gusta el cine. He sido espectador de cine toda mi vida, entonces por la edad que tengo privilegio al día de hoy ver una gran película en el cine antes que verla en streaming, eso sin duda. Sobre todo cuando hay películas de grandes directores o que por algún motivo me atraen mucho. Pero, como todo el mundo, veo películas en mi casa, no así series. No me engancho. 

¿Cree que la aparición de Netflix y otros sistemas de streaming retienen a un público que podría ir al cine en su casa?

El fenómeno de la merma del público en los cines a escala mundial empezó antes que estas plataformas. Las grandes salas cinematográficas se convirtieron en complejos de pequeñas salas, las que no se perdieron definitivamente. Esto pasó en Madrid, en Roma, en Nueva York; es un fenómeno mundial. Yo creo que hay que mirar el vaso medio lleno en el sentido de que estas plataformas intervienen comprando las películas, porque ellos necesitan contenidos, obviamente, y por un lado hay más trabajo del que habría, y por otro lado hay películas que no se podrían hacer si no fuera por estas plataformas. Netflix no es la única, y por suerte para todos ese monopolio que ha tenido, que todavía es muy fuerte, está siendo peleado y discutido por empresas muy grandes, desde Movistar hasta Amazon pasando por muchas otras. La última película que hice en España, Vivir dos veces, una película que creo yo que puede ser hermosa, en la que tengo muchas expectativas puestas, es de una directora muy taquillera que ha hecho éxitos importantes y la compró Netflix también. Cuando le comenté al productor español que Netflix había comprado La misma sangre me dijo: “La nuestra también, por suerte”. Están muy contentos porque se achica el margen de pérdida y por lo tanto se facilita la producción de la película. 

Entonces, entiendo eso del cine para el cine, de las películas para el cine; el hecho de que se vea en el formato que hay que verlo, que es un hecho comunitario, porque no estás en tu casa en pantuflas, y que se ve con mejor sonido, con mejor imagen, en la oscuridad, lo compartís socialmente, etcétera. Pero los cines siguen existiendo, y el que quiera seguir viendo cine en el cine puede hacerlo. Pero como la crisis fue global esto viene a producir también mucho trabajo para los actores, los productores, los directores. Entiendo la nostalgia porque yo mismo la tengo. Pero hay que verle el lado positivo a esto, que lo tiene, porque si no, estaríamos mucho peor. Además, llegan a mucha gente.

De hecho, algunas películas llegan a un público que de otra manera no las vería.

El ciudadano ilustre es una película a la que le fue muy bien, que se vendió a todo el mundo, incluso a países que nunca habían comprado una película argentina, como China. Ganó premios importantísimos, y en Buenos Aires la vieron 700.000 personas, muchísimas para ese tipo de película, porque en los papeles era para un ghetto, para una elite. A pesar de eso, hace dos años que está en Netflix y todos los días, literalmente, me cruzo con alguien en la calle o si voy a tomar un café a un bar que me dice: “Anoche vi su película, qué buena”. ¿Cuál? “La del escritor, El ciudadano ilustre”. La ha seguido viendo gente que no la hubiera visto, aun siendo una película que funcionó muy bien en el cine. Pero hay un público que si no es así, no la ve. Y no solo jóvenes, gente de todas las edades, que tuvieron la película mucho tiempo en el cine para verla, y no fueron. Eso también hay que anotarlo. Y ni que hablar a escala internacional. Se llega a muchísima gente que no se llegaría. 

Feminista y saludable

Oscar Martínez nació el 23 de octubre de 1949 en Buenos Aires. Tiene cuatro hijas fruto de dos matrimonios: el primero con Cristina Lastra y el segundo con Mercedes Morán. De la actriz de éxitos como Gasoleros, La ciénaga y El amor menos pensado se separó en el año 2000. Seis años después entabló relación con la que hoy es su (tercera) esposa, Marina Borensztein, hija de Tato Bores.

En tiempos en que el acoso a actrices empieza a hacerse visible a través de denuncias incluso retroactivas, el actor dice haber sido “siempre feminista” y lo vincula al hecho de que sus hijas sean mujeres. “Siempre defendí la igualdad de derechos, de género, siempre me pareció injusta la desproporción y lainequidad en ese sentido. Me lo sigue pareciendo, y celebro todos los logros que espasmódicamente se van produciendo y que tienden a igualar los derechos del hombre y de la mujer”, dijo hace poco a La Nación. 

Borensztein, con quien Martínez está casado desde 2011, fue actriz pero hoy se define como “motivadora social de vida saludable y felicidad”. Sucedió después de que le diagnosticaran cáncer de mama, cuando ella optó por la medicina alternativa y un giro en la alimentación para vencer la enfermedad. El cambio de estilo de vida —que la llevó a escribir dos libros, Enfermé para sanar y Así me cuido yo— involucró también a su marido, que involuntariamente viró su dieta hacia una más saludable. El actor la sigue, pero a veces a regañadientes, según contó Borensztein hace dos años a galería, cuando vino a presentar su segundo libro. “El otro día le traje un queso de castañas de cajú y me dijo: ‘Ah, bueno, esto es increíble. Me engañaste, porque pensé que era un queso’. Se beneficia de esta manera que llevo de alimentarme, porque no come más agroquímicos. En mi casa todo es orgánico. Mi marido un poco se enoja porque los huevos orgánicos son chiquititos y los otros son grandototes, llenos de hormonas de gallinas engordadas. Y me dice: ‘¡De estos huevos necesito 10!’. ‘Y bueno, usá 10’, le digo yo”, contó como anécdota. Y agregó, pasando raya: “Él sigue comiendo como antes, pero como ya no me tiene de compañera para la carne ni para un montón de cosas, come mucho más saludable aunque no se dé cuenta. En mi casa tampoco hay embutidos, no hay fiambres; si quiere, los tiene que ir a comprar, y eso le requiere un poco más de trabajo, entonces la mayoría de las veces no los compra”.

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