Entrevista a Eduardo Oderigo, creador de la Fundación Los Espartanos, que contribuye a bajar los niveles de violencia y la reincidencia a través del rugby en cárceles argentinas

“Minimizar al rugby diciendo que pertenece a unos pocos o que es para los ricos, es no entender nada”

10min
Nº2023 - al de Junio de 2019
Por Florencia Pujadas

El día que Eduardo Oderigo presentó un proyecto para enseñarles rugby a los reclusos en  la cárcel de San Martín, en Argentina, las autoridades pensaron que la idea era disparatada. “¿Hay gente violenta y vos querés hacer un deporte violento?”, preguntó desconfiado el director. Pero este abogado penalista, que también era un exjugador, estaba convencido de que este deporte podía ser una herramienta útil en la rehabilitación de los reclusos. Y no estaba equivocado. 

A pesar de las dudas, que se trasladaron a los rugbistas que Oderigo contactó antes de empezar los entrenamientos, el proyecto prosperó con resultados aplaudidos por las autoridades y el gobierno argentinos. Así, y bajo el nombre Los Espartanos —elegido por uno de los reclusos que miraba todas las noches la película 300—, se creó una fundación que tuvo consecuencias palpables y un crecimiento sostenido. Con niveles más bajos de violencia y problemas entre los internos, hoy son más de 2.300 personas las que practican rugby en las cárceles de 17 provincias. Según un estudio de la exjefa del Servicio Penitenciario Bonaerense Florencia Piermarini, además, la reincidencia entre Los Espartanos es menor al 5%, mientras el promedio en Buenos Aires supera el 60%. “No sabemos con exactitud a qué se debe el resultado, pero el rugby es un deporte que despierta pasión, los ayuda a canalizar la violencia y tienen que ser disciplinados para seguir reglas y salir adelante”, dice Oderigo.

Eduardo Oderigo, creador de la Fundación Los Espartanos.
Eduardo Oderigo, creador de la Fundación Los Espartanos.

En su primera década de existencia, algunos espartanos viajaron al Vaticano para reunirse con el papa Francisco, jugaron partidos contra los fiscales y jueces que los condenaron y se volvieron protagonistas del libro No permanecer caído, que reúne historias de éxito y fracaso de los internos. “Mientras más personas conozcan sus relatos y entiendan lo que les ocurre, mejor estará la sociedad. Necesitamos ser esas herramientas de cambio”, dice Oderigo, quien llegará a Montevideo para contar su experiencia junto a Jorge Mendizábal, el autor del libro Felipe Gallardo y el espartano Emiliano Garrido, el jueves 13 en una conferencia en el Hotel Sheraton.

Motivado por el crecimiento de Los Espartanos, que también se extendió a cárceles de mujeres, este abogado y amante del deporte asegura que el rugby tiene un gran potencial como herramienta de cambio. En ese sentido, hace años recorre la región para extender su proyecto y está en contacto con Pelota al Medio a la Esperanza, el programa del Ministerio del Interior de Uruguay que utiliza el deporte para incentivar a jóvenes dentro y fuera de la cárcel. Así, se busca disminuir la inseguridad y mejorar la convivencia social. “Es un cambio de a poco, pero hay que involucrarse”, cuenta Oderigo.

En estos diez años, la fundación logró organizar partidos entre  reclusos y jueces y fiscales que muchas veces definieron la condena. ¿Cómo lo lograron?

De entrada no fue fácil porque creían que iban a pasar mal. Eran personas que quizás ellos mismos habían condenado a seis años de cárcel. Pero después de que se animaron, tuvo el efecto contrario. Los jueces y los fiscales se sorprendieron por su lealtad y eso generó cierto respeto y hasta agradecimiento. El perdón está de por medio.

Los Espartanos suelen decir que tienen un gran sentido de pertenencia al equipo. ¿Es difícil entablar un vínculo de confianza con los reclusos?

Fue un camino. Los primeros encuentros eran de medirnos para ver a qué íbamos, qué hacíamos. Lo cierto es que había desconfianza porque no entendían qué sacábamos a cambio. Pero fueron aflojando de a poco y una vez que se produjo un vínculo de confianza, se empezaron a notar los resultados.

Antes de empezar los entrenamientos el director de la cárcel estaba desconfiado porque el rugby era un “deporte violento”. ¿Hubo episodios de violencia durante el programa?

En estos diez años, en el rugby en cárceles no hubo violencia. Y la rabia, el dolor, lo canalizan con un tackle. El rugby funciona para canalizar la violencia con reglas. Y eso es lo importante. Antes lo canalizaban con peleas o a las trompadas. Acá las reglas marcan el camino, el partido y te ayudan a orientarte. Para mí es el mejor deporte del mundo porque logra algo difícil de hacer en la vida diaria. Minimizar al rugby diciendo que pertenece a unos pocos o que es para los ricos, es no entender nada. Pensá que es un deporte donde si alguien se equivoca y convierte un penal, todo el equipo tiene que retroceder diez metros. Es siempre en conjunto. Cuando alguien agarra la pelota y del otro lado lo están reteniendo, el resto del equipo trata de pegarse para empezar hacia adelante.

¿En qué estado físico están los internos cuando empiezan los entrenamientos?

La verdad es que al principio duran cinco minutos. Me acuerdo en los primeros entrenamientos, que corrían y no podían más porque estaban destrozados físicamente. Ahora son aviones, porque entrenan todos los días y es lindo ver cómo van de un lado al otro, cuando de entrada parecía que no tenían pulmones porque hacían muy pocos ejercicios. La mayoría se cansaba enseguida.

En la fundación buscan ayudar más allá de los partidos. ¿Hablan del perdón en los encuentros?

Sí, y está en la historia de Los Espartanos. Mirá el caso de Tomás, por ejemplo. Era un chico de 18 años que había pasado por un duro episodio: su padre terminó con un tiro en el fémur por un robo. Después de que pasó todo, me llamó para pedirme que la persona a la que detuvieron a raíz de ese hecho lo trasladen a una cárcel donde estuvieran Los Espartanos. Tenía la intención de que esa persona no robara nunca más. Fue un mensaje para toda la sociedad y sobre todo para los jóvenes. Hay que involucrarse.

¿Es por esa razón que usted también lleva a sus hijos a la cárcel?

Sí. El más grande, que tiene 20, va conmigo desde hace diez años. Y dos de mis hijas más grandes y el resto han ido casi todos para conocer y derribar ciertos prejuicios. Así pudieron entender que son personas como nosotros que se equivocaron, que están ahí y hay que darles otra oportunidad. Ellos la recogen y cambian para bien. Muchas veces son mejores personas que nosotros, pero no tuvieron las mismas oportunidades. En esas visitas, y también con la difusión en la prensa y con el libro, buscamos que la gente conozca más sus historias. De esta forma nos convertimos en herramientas de cambio, se derriban los prejuicios y se potencia la integración. Y aparece el perdón.

El perdón también apareció en la visita que hicieron jugadores de Los Espartanos al papa Francisco. ¿Qué significó ese encuentro para los exreclusos?

Fue una locura. Nosotros habíamos pensado en ir a visitarlo pero teníamos que juntar plata. Y después el papa se enteró de que queríamos ir porque leyó un nota y nos dijo que nos quería recibir en su casa. Ahí cambió todo: en vez de llevar un cartelito que dijera “Espartanos” desde la plaza, pasamos a estar en su casa sentados durante una hora y charlamos mucho.

¿Con qué mensaje los esperó?

Lo más importante que nos dio fue la escucha. Cuando llegamos estábamos todos sentados, éramos 30 personas —10 espartanos libres y 20 voluntarios—, se nos acercó y nos dijo “los escucho”. Ahí empezó a preguntarle a cada uno de los diez internos por su historia. Cuando uno llega espera que sea él el que hable, pero fue distinto. Escuchó durante una hora y después nos dejó un mensaje: hay que seguir integrados. Nos dijo que había que hacer programas como este en todos lados. Y que no hay que permanecer caídos.

¿Cuánto influyó la visita en Los Espartanos que viajaron?

Al principio estaban sorprendidos. Cuando les dijimos para viajar se reían y nos preguntaban si era verdad. Tenían que sacar el pasaporte y les parecía una locura poder estar ahí. Creo que hoy dimensionan más el momento que pasaron con el papa.

Desde la fundación promueven la rehabilitación de los reclusos con el deporte y la espiritualidad. ¿Cómo se vincula el programa a la religión?

La espiritualidad va de la mano del rezo del rosario que se hace los viernes. Pero es una excusa para unirnos. El rosario se reza en 20 minutos y nosotros estamos durante tres horas. La espiritualidad es largarse a contar historias, interactuar, no importa de qué religión seas. Está basada en el rosario, pero se expande a cualquiera que quiera participar.

¿Entrar a la cárcel te hace replantearte esa distancia que es usual que se genere con los presos?

Es raro, porque por un lado tenés la carga de decir “mirá lo que hizo este tipo allá afuera”, pero por el otro lo conocés y ves lo que vive. Tratamos de no mezclar. No queremos que salgan ni un día antes de la cárcel, pero sí buscamos darles herramientas para que salgan mejor. Por eso nos parece importante que haya programas así. En el rugby encuentran pasión por algo y confían en el cambio. Si lo único que hacemos es darles un plato de comida, un colchón y un abrigo, van a salir peor de lo que entraron.

¿Las historias de los reclusos tienen puntos en común?

La gran mayoría de los internos con los que trabajamos tienen problemas familiares, padres ausentes y temas vinculados a las drogas.

El libro sobre la fundación, No permanecer caído, cuenta historias de éxito y fracaso de los internos que participaron en el programa. ¿Cómo las eligieron?

Fuimos de a poco pero elegimos 15 historias porque es el número de jugadores que hay en un partido de rugby. Encontramos relatos de éxito y algunos de fracaso, porque hay que mostrar todo lo que pasa en las cárceles. Las historias de éxito son un montón, como la del Chino Reinoso, que tuvo una vida terrible, con un padre golpeador y una madre que murió cuando era muy chico. Estaba enojado con la vida, se metió en la delincuencia y entró y salió varias veces. Pero cambió. En el rugby se hizo el líder del equipo; al tiempo salió y empezó a trabajar. Hoy está en una empresa privada, armó un equipo de rugby en su barrio y es el referente de esa localidad en Merlo, una ciudad argentina. También da charlas contando su historia y en uno de esos encuentros, el Chino contó que se amigó con su padre dentro de la cárcel y conmovió al rector de un colegio, que había tenido una historia similar. Lo conmovió y el hombre se acercó a su padre. El Chino y él continúan el vínculo hasta el día de hoy. De hecho, el rector se va en julio de vacaciones con su familia al norte y le deja la casa para que la cuide durante dos semanas.

¿Y qué pasa cuando se enfrentan a una historia de fracaso?

Más allá de que Los Espartanos reinciden a un nivel mucho más bajo, en el libro contamos dos historias de fracaso. Se habla de un chico que tuvo una vida muy complicada. Toda su familia estaba vinculada a la delincuencia y a las drogas. Él estuvo con nosotros y estaba muy bien, tiene una capacidad de expresión muy buena. Incluso salió en libertad y vino con nosotros a ver al papa Francisco. Le pidió perdón al quiosquero al que robaba todas las semanas, le llevó un rosario que le había regalado el papa y parecía que se había reconstruido. Pero después de salir volvió al mismo ambiente. Cometió un robo menor y ahora está detenido de nuevo. Dentro de la detención, igual, está generando mucha cosa positiva porque tiene experiencia y siente vergüenza de estar de vuelta adentro. Ahora aconseja a los otros desde la cárcel y les dice a los más chicos que tienen que tomar otro camino. Dice que se está recuperando.

¿Con qué desafíos se encontraron cuando llevaron el programa a unidades de mujeres?

La verdad es que lo recibieron muy bien y estaban enganchadas las chicas. El tackle les gustó, pero en algunos casos sus huesos estaban más flojos y alguna quebradura hemos tenido. Lo importante era encontrar puntos de encuentro y unión en la cárcel de mujeres, que la pasan feo.

Además de ser abogado, usted también fue jugador de rugby. ¿Por qué considera que este deporte funciona como una herramienta rehabilitadora dentro de la cárcel?

Porque es un deporte que provoca un sentimiento de pertenencia fuerte. Uno siente que pertenece y tiene un respeto muy grande por la camiseta y sus compañeros. En el rugby te caés todo el tiempo porque te tacklean; estás en el piso y tenés que levantarte. Siempre hay que levantarse. Y esa es la frase que nos dijo el papa. No podemos permanecer caídos. En el rugby te pasa eso y si no te levantás, te pasan por arriba. Ese ejercicio, y ese mensaje, es el que después quieren trasladar a sus vidas.

El caso uruguayo

Hace nueve años, el Ministerio del Interior y la Unión de Rugby del Uruguay trabajan en conjunto en el programa Pelota al Medio a la Esperanza para promover el rugby como una herramienta rehabilitadora. Con encuentros en escuelas, barrios de la zona roja y distintos torneos, un grupo de educadores y deportistas buscan transmitir los valores positivos del deporte en distintos sectores de la sociedad. En marzo de 2016 el programa se expandió al Comcar, donde los reclusos reciben clases de rugby para mejorar la convivencia y disminuir la violencia, y en 2018 llegó a Punta de Rieles.

En la cancha Carlos Arboleya, que lleva el nombre del exjugador de Los Teros que empezó con el proyecto en 2009, un grupo de rugbistas les enseñan el deporte a los reclusos del Comcar interesados que cumplan con buena conducta. “Los lunes y miércoles estamos en el Comcar con grupos de cincuenta reclusos que va cambiando, según la buena conducta y lo que pasa dentro de la cárcel. Los martes y los jueves estamos en la cárcel de Punta de Rieles con otros tantos”, dice Matías Benítez, un jugador de Los Teros que trabaja en el programa del ministerio. Durante los entrenamientos, que incluyen desde un calentamiento hasta un partido, ninguno de los presos está esposado ni custodiado por policías. Así, lejos de la violencia, la mayoría de los encuentros empiezan y terminan con un abrazo grupal y una charla motivacional. “Con Los Espartanos fuimos al Comcar hace dos años y vimos que hacían un trabajo increíble. Tenemos la idea de volver este año para encontrarnos, contar cómo fue creciendo y escuchar al Gordo Verde, un cura joven que da tremendas charlas a los adolescentes”, dice Oderigo. Pero Pelota al Medio tiene un desarrollo distinto al de la fundación. “El programa funciona diferente porque Los Espartanos están divididos en módulos exclusivos para los reclusos que practican el deporte. Y nosotros no trabajamos con una orientación religiosa”, asegura Benítez.

Mientras el programa se extiende con actividades para niños y adolescentes en barrios como Marconi y Casavalle —este año piensan alcanzar a 7.000 jóvenes—, el equipo de Pelota al Medio busca aumentar su incidencia en las cárceles. Y desde el ministerio confían en que sea una herramienta para favorecer la rehabilitación de los internos a largo plazo. “El programa ha progresado y tenemos gente de afuera que no reincide. Incluso, con algunos jugadores seguimos en contacto”, concluye Benítez.

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