Bob Dylan. Foto: AFP

Rough and Rowdy Ways, el 39º disco de Bob Dylan

Música clásica

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Nº2077 - al de 2020
J.A.

Pasan los años, pasan las décadas, pasan los siglos. Y cada época siempre puede ser contada a través de una canción de Bob Dylan. Cantó cada año de los 60 en Blowing in the Wind, Like a Rolling Stone, Just Like a Woman y Mr. Tambourine Man, por mencionar solo unas pocas. Puso letra y música a los 70 en Hurricane, Tangled Up in Blue y Shelter From The Storm. De sus controvertidos y desparejos 80, ahí está la reserva de buenas canciones en Infidels y Empire Burlesque y, por supuesto, los dos discazos de los Traveling Wyliburys, aquella superbanda que 30 años después sigue sonando como nueva. Y de fines de los 90 es Time Out of Mind, la obra maestra que tiene Not Dark Yet y que inauguró en 1997 una virtuosísima serie discográfica que no conoce un disco ni siquiera desparejo y que llega hasta este presente: Love and Theft (2001), Modern Times (2006), Together Trough Life (2009), Tempest (2012), los tres brillantes álbumes en que versiona sus preferidas del cancionero norteamericano y el flamante Rough and Rowdy Ways, que nos ha vuelto a sacudir el cuerpo y a dejar todo lo demás que estábamos haciendo para entregarnos a su decena de estupendas canciones.

El álbum número 39 del señor Robert Allen Zimmerman vio la luz el viernes 19, con su país paralizado por la pandemia, sumergido en la peor crisis económica y social desde el crack de 1929 y envuelto en llamas por las protestas contra la violencia policial racista. Se puede traducir su título como “rudas y ruidosas formas”. “Ásperas y estruendosas” también juega. Aunque es el primer cantautor en ganar el Nobel de Literatura y sea un experto en evadir ese tipo de literalidades, esta parece ser una alusión muy directa al contexto en el que irrumpe la obra.

Rough and Rowdy Ways recibió amplios y anchos elogios de la crítica internacional y un inusitado favor del gran público. Tan es así que por primera vez en sus 79 años de vida una canción de Dylan llegó a encabezar la célebre lista de Bilboard. Se trata de Murder Most Foul (“El crimen más horrendo”), la imponente cantata de 190 versos y 17 minutos que, además de narrar prodigiosamente el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, funciona como un testamento de influencias, una verdadera galería de próceres que tienen su cuadro en la memoria del cantautor: desde Etta James y John Lee Hooker a Beethoven y Bud Powell, pasando por Shakespeare, Buster Keaton y Harold Lloyd, Oscar Peterson, Art Pepper y Stan Getz, Nat King Cole, Little Richard y Stevie Nicks, Thelonious Monk y Charlie Parker.

Esta balada hipnótica, con sus formas delicadas y armoniosas, que toma prestado su nombre de una vieja adaptación fílmica de Agatha Christie, es a todas luces la canción del disco: fue el primer adelanto, publicada en marzo como simple, y ocupa en exclusiva el segundo disco en las ediciones físicas dobles en CD y vinilo, que aún no llegaron a estas latitudes y —coronavirus mediante— demorarán bastante en estar disponibles.

Con citas a Walt Whitman el disco también opera desde su lírica como un manifiesto con evidente intención de balance-del-trabajo-realizado-a-lo-largo-de-toda-una-vida. Y en su sonido, da el tono de una de las dos improntas bien acentuadas que propone: la de la tonada dulce, suave y melancólica vestida con suaves orquestaciones de cuerdas de guitarra que armonizan como un órgano de iglesia. En cierto modo, canciones como las confesionales Black Rider, I’ve Made Up My Mind to Give Myself to You y la monumental Key West, con sus nueve minutos que se pasan sin darnos cuenta, muestran al Dylan más tierno, al cuasi octogenario que mira el océano Pacífico desde su terraza de Malibú y pasa raya a su existencia. El veterano de mil tendencias que piensa, como declaró días atrás al The New York Times en una suculenta entrevista, que se siente parte de un mundo obsoleto, perimido, hecho de historias que ya no tienen sentido para las nuevas generaciones.

Para quienes esperan mover la patita y sentir el fluir de las endorfinas por el torrente sanguíneo producto de la más pura cepa blusera, allí están las notables False Prophet y Goodbye Jimmy Reed, en las que se luce especialmente el guitarrista Charlie Sexton. Este disco es una muestra cabal de su sobriedad. Se trata de un instrumentista y arreglador austero, que no derrocha notas ni punteos en vano, que sabe que lo que debe prevalecer es el bloque, el sonido de la banda, que no alardea con firuletes ni grandilocuencias, que distribuye el juego como un verdadero capitán para que esa pequeña orquesta de folk, country y blues siga sonando a sí misma, sin perder su identidad moldeada por la sonoridad del jazz y el R&B.

Lo que oímos es, con leves variaciones, el sonido predominante del Never Ending Tour, la gira ininterrumpida que Dylan emprende desde junio de 1988 y de toda esta formidable saga de discos inaugurada con Time Out of Mind. Y lo que oímos es también la voz áspera, carrasposa, y cuando quiere, estruendosa, de un músico que devino en un género en sí mismo.

Por más que sus años de cristiano converso militante quedaron muy atrás, Bob Dylan sigue imprimiendo a sus canciones una potente carga de religiosidad y espiritualidad. Como la mencionada Goodbye Jimmy Reed, un luminoso y optimista tributo al referente del blues eléctrico fallecido en 1976, que dejó su huella en Elvis, Clapton, Vaughan y en los mismísimos Rolling Stones. Adiós, Jimmy Reed, dame esa religión de antaño, es justo lo que necesito, ruega el viejo Bob.

Antes del epílogo, otros dos temas para disfrutar a pleno, cada uno fiel exponente de esta nítida dualidad estilística: la épica y blusera Crossing the Rubicon y Mother of Muses, una plegaria hecha y derecha, una suave tonada en la que Dylan invoca a su diosa máxima para que le siga proveyendo esa materia etérea que le permite, tras casi 40 discos de estudio, concebir masterpieces como esta: Madre de musas, canta para mí / Canta de las montañas y del mar oscuro y profundo. / Canta de los lagos y las ninfas del bosque. / Canta del corazón de todas tus mujeres del coro. / Canta del honor, el destino y la gloria. / Madre de musas, canta para mí.

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