Los tiburones, de Lucía Garibaldi, marcó un hito al ser la primera película uruguaya en ganar en Sundance; se estrena este jueves 6 de junio

“Nos sentimos como un cuadro de fútbol que juega su primera final”

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Nº2023 - al de Junio de 2019
Por Patricia Mántaras.

El colombiano Ciro Guerra le entregó el premio, pero sobre el escenario estaba también Jane Campion (directora de El piano, única mujer ganadora de la Palma de Oro en Cannes-), jurado de la categoría en que ganó Los tiburones, que con su melena blanca le dio un abrazo fuerte a Lucía Garibaldi luego de que la cineasta uruguaya agradeciera el reconocimiento —notoriamente sorprendida— en inglés y agregara en español: “Ojalá sirva de ejemplo de que se puede llegar a donde uno quiera”.

Un poco idealista hay que ser para hacer cine en Uruguay, y la realidad le demostró estar a la altura de sus sueños a Garibaldi, que a los 32 años logró con su ópera prima lo que ninguna otra película uruguaya: triunfar en Sundance. Es la primera vez que una ficción uruguaya llega a exhibirse en el festival, considerado el más importante del cine independiente y que fue fundado por Robert Redford. Allí ganó el premio a Mejor dirección en la categoría Drama Internacional.

La película también ganó el Premio de la Industria en Cine en Construcción del Festival de Cine de San Sebastián 2018, el Premio Especial del Jurado de la competencia internacional en el Bafici y los premios a Mejor guion, Mejor actriz debutante y el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de Guadalajara.

En Los tiburones, Rosina, una adolescente de 14 años que vive en un balneario, cree haber visto un tiburón en la playa. La noticia circula además por televisión, y ella está bastante convencida de lo que vio, aunque todos lo crean improbable. Entre estos rumores conoce a Joselo (Federico Morosini), un joven pescador de la zona que trabaja de vez en cuando para el padre de ella, que empieza a despertarle un impulso carnal que nunca había sentido. Rosina (Romina Bentancur) escucha ese deseo y, discreta y algo torpemente, procura acercarse a él, sin que él haga nada por allanarle el camino.

“La mirada femenina arde en Los Tiburones, un caldero hormonal a fuego lento de aislamiento emocional en la adolescencia temprana, en el que los esfuerzos de una adolescente de 14 años para navegar por las aguas desconocidas de la atracción sexual provocan impulsos oscuros dentro de ella”, escribió David Rooney en la crítica de The Hollywood Reporter. Otra reseña posterior se refirió a la película como “un giro transgresor en las películas coming of age”.

Este jueves 6 Los tiburones se estrena en Uruguay.

Lucía Garibaldi ganó el premio a Mejor Dirección en la categoría Drama Internacional en el Festival de Sundance.
Lucía Garibaldi ganó el premio a Mejor Dirección en la categoría Drama Internacional en el Festival de Sundance.

La película tiene un equipo técnico grande, una producción profesional, se filmó y se terminó en poco tiempo. ¿Cómo es que el proyecto de una ópera prima alcanza dimensiones tan grandes, al menos para Uruguay?

Es un terreno bastante impreciso el de la asunción de un número elemental para un trabajo como este, porque depende mucho de la escala de producción que requiera la película; igualmente me atrevo a decir que no éramos muchos. En nuestro equipo todos y todas éramos necesarios. Cada persona hizo mucho más de lo que debería. Un equipo de unas veinte personas para una película de estas dimensiones, con esta cámara, con escenografías como las nuestras, con traslados y tiempos como los que esta historia requería para ser contada como yo quería contarla, no era para nada excesivo. 

El jurado del festival destacó la “sorprendente madurez” de la película, es de suponer que más aún viniendo de una directora tan joven. ¿De dónde o de qué necesidad crees que viene tu voz para contar historias? 

Me sorprendo cada vez que a alguien le asombra mi edad. Tengo 32 años. Acá existieron películas preciosas dirigidas por personas más jóvenes que yo. Me pongo a pensar y se me ocurre que lo que sorprende puede llegar a ser la sumatoria de “curiosidades”: latinoamericana, uruguaya, mujer, relativamente joven. Pero de esas, por suerte, cada vez somos más y ojalá deje de ser una sorpresa. Yo quisiera que las personas jóvenes reales, las de 20, 24 años, que esas filmen más. Y que las personas más veteranas también lo hagan. Yo creo que todos y todas tenemos alguna historia para contar y que somos capaces de hacer cualquier cosa. Si un ser humano es capaz de aprender a tocar un instrumento, o de bailar ballet, o de inventar un sistema operativo, o de hacer un trasplante de pulmón, creo que es capaz de hacer cualquier cosa. Mi necesidad creo que viene de un lugar simple: me gusta inventar cosas. Me divierte la mentira, identificarla, armarla o recrearla. Creo que por eso intento contar historias. Y además, es mi forma de lidiar con lo que me pasa, es mi forma de largarlo para afuera y dejar de pensar en eso por un rato.

¿Cómo trabajaste el guion durante la escritura, desde el principio, y cómo fue después la consultoría de Inés Bortagaray?

Con Inés tuve dos instancias de tutoría: una muy inicial y otra que se terminó unos meses previo a rodar. Con su ayuda se ordenaron las ideas, creo que estaba un poco dispersa. Pero ambas concordamos en que en cierta medida, esa dispersión era necesaria. El guion se armó en mi mente sin demasiados filtros, esa característica fue preservada muy conscientemente por ambas. Inés tiene el oficio integrado, visualiza estructuras, posibilidades, tonos, reglas, conflictos, que a mí, por estar inmersa en ese rol bicéfalo que es el de guionista-directora, me cuesta más identificar. Pienso que tanto en los procesos de escritura como en los de montaje (que mucho tienen que ver) puede ser muy interesante contar con otros cerebros en funcionamiento. Es decir: una película es en sí una creación colectiva, pero particularmente en estas etapas los aportes y las miradas de los otros, para mí, son cruciales. 

¿Cómo fue la experiencia desde tu lugar de directora? ¿Sentiste la soledad del rol?

Por suerte, en la película trabajaron muchos amigos, y para varios era una “primera película”: para Germán Nocella, el fotógrafo, para Romina Bentancur y Federico Morosini, por ejemplo, entonces nos acompañamos mucho. Nos sentimos como un cuadro de fútbol que juega su primera final, imagino que debe ser algo similar, pero no tengo idea, soy hincha de Wanderers. También tengo colegas directores y directoras y un productor (Pancho Magnou) con más experiencia que yo, que estuvieron ahí escoltando el proceso, escuchando y, en la medida de lo posible, respondiendo mis dudas, mis planteos, ayudándome a armar mi propio método. Creo que la camaradería para esto es crucial. Es un rol solitario por momentos, sí. Pero para mí estuvo bien que sea así, responde a una necesidad muy personal que hubiese sido imposible compartir con alguien más. Está todo bien con la soledad.

De fondo siempre está el tema de la falta de agua corriente en la casa de Rosina. Que va y viene, si volverá o no. ¿Qué significa ese dato, desde tu perspectiva?

Una sabia amiga y docente de Historia del Cine (Mariana Amieva) me decía: “Sobre el tema priman más las lecturas de los espectadores que las escrituras de los realizadores”. Esta pregunta no es la primera vez que surge, muchos espectadores están logrando descifrar alegorías que no fueron tan claramente intencionadas. La película se resignifica con la mirada del público. 

Sobre la falta de agua quise retratar algo que siempre sucede en el verano. A causa de las lluvias y de la demanda, explota un caño que hay por Punta Negra y varios balnearios quedan sin abastecimiento de agua corriente. Eso desata un montón de complicaciones que ciertas personas pueden sobrellevar fenomenalmente, pero otras… definitivamente no. Además, para mí, que me toca vivir esto solamente cuando me voy de la ciudad, tanto los cortes de agua como los cortes de luz son catástrofes que pueden ser divertidas y que nos llaman al ingenio, creo que hay algo de romanticismo en todo esto… por algo a tantas personas les gusta irse de camping.

Romina Bentancur es un pilar fundamental en la película. ¿Cambió de alguna manera la película gracias a ella?

Sí, claro. Luego de conocerla reescribí el guion en función de lo que Romina me estaba dando. Hablamos mucho del personaje, de su posible vida, de sus sentimientos, de sus estados de ánimo, de sus intereses, etcétera. Armamos un mundo que obviamente no se ve en la película y se reduce a un gesto o a la ausencia de un gesto.

Nos conocimos dos años antes de filmar, tuvimos tiempo para charlar y charlar, para mimetizar sus gustos con los míos y así llegamos a formar ese pequeño monstruo que es la famosa “Rosina”.

La historia habla un poco de la dulzura de la venganza. ¿Se identifica con eso?

¿La pregunta es si soy vengativa? Para nada. Igualmente, si lo fuera no lo diría, si nadie sabe que lo soy, la venganza será letal.  

Hacés un cameo en la película. ¿Es un guiño o ese día faltó una actriz?

Eso fue una idea de Chiara Hourcade, una gran amiga y además directora de casting y segunda de dirección. Yo me resistí al principio, pero luego Pancho, el productor, se sumó a la petición y lograron convencerme de que iba a ser gracioso. Fue divertido, disfruté de estar en ese lugar.

La fotografía es impresionante, logran mostrar Piriápolis de una forma diferente. ¿Cómo fue ese trabajo, qué tanto participaste?

El proceso con Germán Nocella (el director de fotografía) fue hermoso. Hace años que venimos trabajando juntos, en este proyecto pero también en otros, porque él también es el DF del videoclip que dirigí para Buenos Muchachos (Antenas rubias). Pero nuestro objetivo máximo era Los tiburones. Germán estuvo acompañando el proceso de escritura, de búsqueda de locaciones, incluso estuvo en algunos ensayos con los actores. Germán sabía muy bien que yo soy un poco dictadora en lo que tiene que ver con encuadres, entonces negociamos: él confiaba en mí con esos temas y yo confiaba mucho en él con la elección de luces, retoque de color, lentes, cámara, etcétera. A los dos nos gustaba el gusto del otro, creo que de alguna forma nos interesa el mismo cine, nos conocemos hace mucho y fuimos armando un ojo similar. Quisimos colores, muchos colores y entonces bueno, así quedó. 

¿Qué te llevó a dedicarte al cine?

Estudiaba Bellas Artes. Todos los días llegaba a casa de mis padres (vivía con ellos en ese entonces) y les decía que me quería dedicar al dibujo, al collage, al cine, a la escultura, recuerdo que la escultura me gustaba mucho. Cada día, o cada semana, era una disciplina distinta. Ellos sugirieron que estudiara cine. Fue idea de ellos, no mía. Creo que querían encauzarme en un único camino, un camino que contiene todos. Creo que fue una sabia decisión. 

¿Tenés algún referente en el cine?

Me gustan muchos directores y muchas directoras. No soy cinéfila pero creo que mis referentes ocupan un espectro bastante amplio.

¿Hay algún ejemplo del género coming of age, en el que han clasificado a la película, que la influyera o le gustara particularmente?

Varias, aunque creo que ninguna se vincula directamente con esta. Me gustó mucho Glue cuando la vi de jovencita, me gusta Nadar solo, Fish Tank, Kids, Gummo, La niña santa, Corpo celeste. Igualmente, tengo mis dudas con la definición de coming of age como género cinematográfico. ¿Si hay un adolescente protagonista es una coming of age? ¿Solo con eso basta para encerrar a una película en un género cinematográfico? ¿Cebollitas era una coming of age? ¿Amigovios? Aún sigo sin entender bien de qué se trata pero en el mundo dicen que Los tiburones es una coming of age, así que bienvenida la clasificación. Me gustan las historias de adolescentes.

Ahora, con todo el movimiento feminista tan presente, ¿pensás que tiene más cabida o más oportunidades el retrato de una adolescente y contado por una mujer?

Es verdad que se ha avanzado en ese sentido con relación a años atrás, pero creo que falta que avancemos aún mucho más.

No siento que mi película tenga más oportunidades porque la hice yo, mujer, o porque se trata de una jovencita. No siento que corra con ventaja por esas condiciones; por el de ser una persona de clase media puede ser, porque si crecés en la pobreza ahí sí que se complica el camino de la cinematografía, ojalá no fuese así. La película llegó a donde llegó por otras razones, no porque yo sea mujer. Aseguro que el camino no fue corto y el hecho de ser mujer, en este ámbito como en muchos otros, lo dificulta aún más. 

La distinción en Sundance fue en febrero. ¿Se siente en algo el prestigio del premio? ¿Han surgido oportunidades?

Creo que el premio en Sundance abrió puertas en otros festivales, la película adquirió cierto renombre. Es muy pronto para hablar de oportunidades concretas personales. Esperemos que todo esto se traduzca en seguir haciendo películas.

¿Cómo se vive esta exposición repentina, las críticas positivas, y las negativas? ¿Ya te acostumbraste a eso?

La exposición no me gusta, es rara. Contestar esta pregunta se siente raro. Ni un premio hace que tu película se transforme en una película buena ni una mala crítica hace que tu película se transforme en una película mala. Trato de aprender de las críticas buenas y de las malas también, siempre y cuando considere que están bien fundamentadas. Estoy tratando de focalizarme en lo que viene, Los tiburones se terminó. Es hermoso acompañarla por festivales en el mundo, es muy lindo cuando ves que a la gente le gusta, pero no es una película unánime, lo sé y estoy tranquila con eso. La realidad superó todas mis expectativas, no espero nada más.

La directora de Los Tiburones con la protagonista, Romina Bentancur, en Sundance.
La directora de Los Tiburones con la protagonista, Romina Bentancur, en Sundance.

Algo sobre Lucía

Lucía Garibaldi es egresada de la Escuela de Cine del Uruguay. De Los tiburones, su ópera prima, también escribió el guion. Antes había dirigido y escrito el cortometraje Colchones y el videoclip de Buenos Muchachos Antenas rubias, realizado en un único plano, sin cortes; una pequeña proeza.

Ya tiene su propia entrada en la enciclopedia cinematográfica online IMDb (Internet Movie Database), sin foto, pero en la que figuran los premios y nominaciones de Los tiburones.

Sus próximos proyectos son dos nuevos largometrajes. Mirame, Roberto, mirame es uno de ellos, sobre una cineasta obsesionada con un actor célebre (Roberto Suárez) al que persigue durante meses con su cámara. El otro filme, La última reina, es una ficción distópica que retrata a Luisa, una de las pocas mujeres que quedan en el mundo que, al ser despedida de su trabajo, debe sobrevivir en una sociedad opresora y apocalíptica.

Ambas películas son producidas por Montelona Cine, la misma productora de Los tiburones.

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