Columna: Nobleza obliga

Otros espejos

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Nº2016 - al de Abril de 2019
por Claudia Amengual

En un lapso brevísimo viví dos instancias peculiares y, podría decirse, contradictorias. Una me llenó de orgullo y la otra de vergüenza. Tanto que, sin dramatizar ni sobredimensionar su trascendencia, admito que me dejaron fuera de lugar, como un bolsillo dado vuelta.

La primera fue a la entrada de una función de cine. Sentí una mano en el hombro y, al girar, no reconocí a su dueño. Me tranquilizó, sin embargo, la sonrisa. Una sonrisa que devolví como un reflejo. Así, en esa interacción fugaz, los dos entendimos que la mano venía en son de paz y que de ese modo era recibida. Nada malo podía resultar de aquel encuentro. 

Incluso sin saber quién era, la sonrisa fue una bienvenida y un estímulo para avanzar en una explicación que mi cara de sorpresa estaba pidiendo. Entonces la mano abandonó el hombro y se transformó en una voz. Y la voz dijo su nombre. No fue necesario agregar más porque ese nombre de pronto iluminó los rasgos adultos bajo los cuales distinguí a un niño de cinco años que había sido importante para mí hacía ya casi tres décadas. 

Mi primera experiencia laboral fue en el preescolar de un colegio. No cualquier colegio. Mi colegio. Cuando estaba por cumplir los veinte y quería independizarme, encontré en ese lugar una puerta abierta e ingresé a dar clases de inglés. Era joven e inexperta, pero conté con la guía de una estupenda directora y de buenas compañeras. 

Pasé allí unos años y fui parte de la educación de varias decenas de niños. Aprendíamos el abecedario, dábamos nombre a las cosas, afinábamos la motricidad y cantábamos. Todo eso era importante y los preparaba para el ingreso a primaria. Espero haber aportado algo positivo a su educación. Sin embargo, el hombre niño que ahora tenía ante mí no hizo mención a nada de eso. 

“Yo me acuerdo de ti”, me dijo y luego, girando hacia una mujer que lo acompañaba, agregó: “Ella nos enseñaba las palabras mágicas”. ¡Claro! The magic words. Cuánto las habré repetido para que, treinta años después, a la entrada de un cine y propiciado por un casual encuentro, un hombre aún las tuviera presentes. Alentada por la súbita complicidad de los sobrentendidos que hicieron innecesaria la mención explícita de las tales palabras, le pregunté si le habían sido útiles. “Muchísimo”, respondió. Compartimos un par de recuerdos más y eso fue todo. Nos despedimos. 

Supongo que el pequeño diálogo habrá ameritado una explicación posterior e imagino que, apenas distanciados unos metros, la mujer habrá preguntado a qué palabras mágicas nos habíamos referido. El hombre le habrá contado, con la misma sencillez que nos unía en aquella cálida memoria, que las palabras mágicas eran disculpas, por favor y gracias. Y que daba lo mismo el idioma en que fueran dichas porque producían similares efectos. Esto es, hacían más grata la convivencia y facilitaban cualquier interacción por mínima que fuera. Todavía creo que así es y voy por la vida convencida de su poder. 

Cuando uno está orgulloso de algo que ha hecho, se inclina por ser autoindulgente, así que me sentí de lo más satisfecha. Cada tanto, necesitamos sentir que somos buenos. Además, la anécdota tocaba un punto cierto: confío en la amabilidad y en la cortesía. Me gusta aplicarlas y recibirlas. Que alguien me tuviera en su recuerdo asociada a estas dos virtudes, hacía que mi autopercepción volara por lo alto. 

Poco duró la dicha. Al día siguiente, una amiga me contó entre risas que un portero de su edificio ―desde hace unos meses vivimos en la misma cuadra― se había quejado de mis modales. Es más, le había dicho que no entendía cómo éramos amigas, siendo ella tan educada y yo tan grosera. “Nunca me saluda”, declaró indignado. Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo. De un día para el otro había dejado de ser adalid de la cordialidad y me había convertido en un monstruo repelente. Mi amiga se reía como loca ante mi desconcierto. 

Como siempre, una sola mancha alcanza para estropear la tela. La acusación borró mi alegría anterior. Recompuse en mi mente las veces en que había visto al portero y recordé tres o cuatro visitas a mi amiga. Me costaba aceptar que hubiera atravesado la puerta y el hall del edificio sin darle los buenos días. Algo no cuadraba, así que fui, decidida a la reivindicación o al total derrape, y se lo pregunté. “Usted me saludó cuando vino al edificio, sí, pero luego no volvió a saludarme”, me reprochó, molesto.  

La verdad es que yo pasaba por la puerta ―o por la vereda de enfrente―, pero jamás miraba hacia dentro. Eso explicaba mi aparente descortesía. La historia era la misma, aunque las perspectivas eran diferentes. Se lo expliqué. No había sido mi intención ofenderlo, aunque admitía que quizá había estado omisa y que él hubiera interpretado esa actitud como una ofensa. Desde entonces, lo saludo con efusividad cada vez que paso y él me devuelve el saludo, aunque tenue. Sospecho que persiste algo de resentimiento. 

Las dos anécdotas, tan distintas en su naturaleza y tan próximas en el tiempo, me hicieron pensar en cómo nuestra autopercepción no siempre coincide con la forma en que los demás nos ven. No es igual el espejo interior que los otros espejos. Cuando estamos tan confiados en la imagen que el nuestro nos devuelve, creemos que todos nos ven de igual manera. Y nos distraemos. Me impresionó que un malentendido, una deficiencia en la comunicación, una interpretación errada generaran dolor y ofensa donde no debería haberlos. Podemos lastimar sin querer, incluso por descuido o indiferencia. 

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