Columna: Nobleza obliga

Tal vez el amor se parezca a esto

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Nº2027 - al de Julio de 2019
por Claudia Amengual

Un amigo hizo un curioso hallazgo. Es habitué de las columnas de un connotado escritor español a quien los dos admiramos y cuyo nombre omito porque no agregaría más que suspicacia donde no creo que deba haberla. El caso es que mi amigo descubrió que el escritor había repetido un sintagma preexistente en el artículo de Wikipedia referido al asunto del que la columna trataba. No de forma exacta, sino parafraseado, pero aun así demasiado parecido en significado y estructura como para no llamar la atención a un lector atento. De inmediato sonaron las alarmas y la oscura nube de un posible plagio se extendió sobre la reputación del escritor querido. 

Nos costaba admitir que alguien tan talentoso fuera capaz de semejante grosería. Lo discutimos entre varios y nos pareció que pensar en un plagio era absurdo. Nuestro escritor no necesita copiar a otros para lucir su maestría. Ese prestigio bien ganado lo hace merecedor no ya del beneficio de la duda, sino del crédito de la confianza. Le extendimos ese crédito. 

¿Cómo explicamos, entonces, la similitud de los dos textos? De una manera sencilla: al elaborar su columna, el escritor consultó la Wikipedia y se maravilló con el tal sintagma, ingenioso, por cierto. Más tarde, abocado a la escritura, aquellas palabras surcaron su mente como un chispazo de memoria que las reorganizó en una estructura similar y se las dictó  deslizándoselas como propias en su discurso. 

No cabía otra explicación y nos convencimos de ella. ¿Fuimos ingenuos? No lo creo. Todos recordamos casos en los que algún escritor cedió a la tentación o a la pereza y presentó como suyas palabras de otro, sin citas ni referencias, solapado en la mala intención de vestirse con plumas ajenas. Este no parecía el caso. 

Los escritores buscamos la originalidad y vamos tras ella con la frustración anticipada de todas las utopías. Pero, luego de un tiempo de estar escribiendo, debemos aceptar que no existe un Big Bang creativo y que no podemos aspirar a la originalidad absoluta porque somos hijos de nuestras lecturas y escribimos a partir de ellas. Por eso, crear es angustiarse siempre.  

Harold Bloom dice que la originalidad debe entenderse como una forma de extrañeza que no niega las influencias existentes en todo acto de creación. Hay una relación ética y estética entre los textos precedentes y los nuevos que hace que estos últimos se alimenten de aquellos. Según Bloom, un escritor honesto sabe que su escritura no surge de la nada, sino de su experiencia de vida y de su estilo y, no menos importante, de sus lecturas. 

Bloom llama a la incomodidad que crea esta certeza “la angustia de la influencia”. Para Bloom, esta angustia “cercena los talentos más débiles, pero estimula el genio canónico” y acaba por impulsar la evolución de la literatura. Dice en su famoso libro, El canon occidental, que “el deseo de hacer una gran obra es el deseo de estar en otra parte, en un tiempo y lugar propios, en una originalidad que debe combinarse con la herencia”. 

Cuando un escritor acepta con humildad que es tributario de la literatura de la que se ha alimentado, la angustia se transforma en aceptación y entrega fervorosa a dar lo mejor de sí en cada texto. De este modo, la originalidad tiene valor, pero no como un producto final, sino como un proceso, una construcción intelectual nutrida por creaciones anteriores y generadora de creaciones nuevas que, lejos de constituirse en meras copias, jerarquizan aquellas de las que han recibido influencia.

 Onetti parecía tener claro esto. Con no poca ironía declaraba: “Todos coinciden en que mi obra no es más que un largo, empecinado, a veces inexplicable plagio de Faulkner. Tal vez el amor se parezca a esto. Por otra parte, he comprobado que esta clasificación es cómoda y alivia”. 

Tal aseveración nos recuerda un estupendo cuento del autor uruguayo, La novia robada, que lleva sin demasiado esfuerzo a un cuento de Faulkner, Una rosa para Emilia, que, a su vez, lleva a Grandes ilusiones, del genial Dickens-. Los tres textos escritos en épocas y en lugares diferentes repiten un motivo literario: la novia eterna, siempre expectante, con su felicidad frustrada a cuestas, condenada a vestir el vestido blanco como marca ominosa de su desdicha y como recordatorio de un resentimiento que la sostiene. 

La evidente influencia de Faulkner en Onetti- ―y acaso de Dickens en los dos― abona la idea de que cada texto es reproducción, visita, incluso copia de buena fe ―el título de esta columna es un ejemplo de esto―, todo más próximo a la admiración que al plagio. No es infrecuente que los autores tomemos con mayor o menor grado de conciencia elementos de aquellos textos que nos han impresionado. El plagio queda lejos, porque el plagio es una estafa. La influencia, en cambio, es homenaje y reconocimiento.  

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